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Primavera 2010

Relieve de un parto asistido por
una
comadrona y su ayudante
Cuando se cumplen nueve lunaciones completas, el momento de parir está muy cercano. Una mujer experta, conocedora del tránsito tan misterioso de la vida intrauterina a la nueva realidad, asiste a la parturienta. La comadrona, partera o matrona ejerce su oficio desde los albores de la humanidad. Se sabe que en las más remotas civilizaciones, las que iban a dar a luz tenían a su vera a otra u otras mujeres facilitadoras de ese difícil pasaje. Ya en el Antiguo Egipto hay algunos testimonios de esta ocupación de la mujer en jeroglíficos y papiros, como el de Ebers o el de Westcar, en los que se habla de cómo acelerar el parto y realizar pronósticos sobre la supervivencia del recién nacido, incluyendo instrucciones para calcular la fecha del alumbramiento o descripciones acerca de las sillas de parto. El nacimiento, así como la muerte, estaba revestido de una gran sacralidad, y numerosas deidades o entidades invisibles protegían o signaban éste y todos los demás acontecimientos de la vida de los seres y las cosas. En Egipto, Hathor era la diosa de la sexualidad y la fertilidad, y se la invocaba también en el momento del nacimiento. Tweret era otra de las deidades protectoras de los embarazos y la primera infancia, y de hecho los dioses siempre "iban por delante", por ser los promotores de lo que luego coagularía en las distintas instancias de la manifestación. En el libro de Gay Robins titulado Women in Ancient Egypt el autor narra el nacimiento prodigioso del primer rey de la dinastía XV, cuya madre Rudjedet fue asistida por cuatro diosas: Isis, Neftys, Mesnejet y Heket. Nos dice:
"Cada nacimiento es descrito de una manera similar, aparte de las palabras dichas por Isis jugando con el nombre del niño. Isis se colocó delante de ella (Rudjedet), Neftys detrás, Heket apresuró el nacimiento. Isis dijo: 'No seas tan poderoso en su útero, tú, cuyo nombre es Poderoso'. El niño se deslizó en sus brazos... Ellas lo lavaron, cortando su cordón umbilical y lo tendieron sobre un cojín de paño. Entonces Mesnejet se acercó a él y le dijo: 'Un rey que asumirá el reinado sobre toda la tierra'".
Isis y su hijo Horus
Otras fuentes informan que después del alumbramiento de los faraones, las 7 Hathores, hijas de la diosa, predecían la ventura del recién nacido, lo que está en concordancia con lo atesorado en numerosos cuentos y leyendas occidentales, tal el de La Bella Durmiente del Bosque recogido por Perrault, donde siete hadas vaticinan sobre el futuro de la princesa y le conceden sus dones. Por supuesto que esto tiene, sobre todo, una connotación astrológica y una relación con la doctrina de los ciclos cósmicos, pues el número de las hathores o de las hadas se vincula con el de las Pléyades -las 7 hijas de Atlas-, constelación que simbólicamente es la depositaria de la sabiduría del ciclo anterior, es decir del Atlante, y que ellas transmitirán a las civilizaciones posteriores, como es el caso de la egipcia y de las precolombinas. Muerta una cultura, otras renacen heredando la esencia de la doctrina. En los pueblos precolombinos, el momento del nacimiento también está presidido por deidades protectoras. Entre los aztecas la diosa Tlazotéotl es la vehiculadora de la vida, y ella misma se representa en diferentes oportunidades como una madre que padece los tremendos dolores del parto.
Glifo precolombino
con Tlazotéotl

Estatuilla de la diosa
Tlazotéotl alumbrando
Así pues, las energías invisible y facilitadoras cobran vida a través de la que va a dar a luz, al tiempo que otras mujeres expertas la asisten. En muchas culturas se repite de modo unánime el hecho de que al romperse las aguas de la parturienta, ésta se retira a un lugar separado y habilitado para el nacimiento. Comienzan las invocaciones, los ensalmos y los conjuros que atraen las potencias invisibles. Se trata de concentrarse en este trance misterioso, apoyándose en la respiración, que se acompasa al ritmo de las contracciones, los pujos y los descansos. La comadrona es la voz que va guiando, así como también la que aplica ungüentos calmantes y masajes, y la que con sus manos dúctiles va abriendo el paso a la criatura. Su función es la de ser un puente, la de ayudar a cruzar el umbral. Es una mediadora. Actúa como obstetra, de "obstetrix": la que se pone enfrente. Las otras mujeres aprietan el vientre facilitando la expulsión. Cuando nace la criatura la comadrona corta el cordón umbilical, ese hilo que durante meses ha sido el vínculo imprescindible para asegurar el crecimiento y desarrollo del nuevo ser. Lava entonces al neonato, lo envuelve con paños, pieles o fibras vegetales y lo entrega a la madre. Luego vendrá la inspección para saber si es un ser sano y apto para ser criado.

Comadrona china lavando al recién nacido
En la antigua cultura greco-romana el oficio de comadrona era desempeñado por mujeres preparadas, las que ofrecían sus servicios a las clases pudientes. Se conoce el nombre de algunas muy reputadas, como la madre de Sócrates, Fenareta, y otras como Olimpia de Tebas y Salpe de Lemnos, esta última citada por Plinio como una mujer que escribió sobre las enfermedades femeninas. Según el médico Soranus, del siglo II d. C., una buena matrona debía reunir las siguientes cualidades: ser culta, inteligente, poseedora de una buena memoria, discreta, amante de su trabajo, sin ninguna incapacidad que disminuyera la percepción de sus sentidos, con los miembros intactos, fuerte y con unos dedos largos y finos acabados en uña corta. O sea, que aunaba una preparación médica y técnica con unas altas cualidades del alma. Este era un oficio muy valorado, aunque no todo el mundo tenía acceso a los servicios de una comadrona con renombre, y cuando esto no era posible, se contrataban a otras menos cualificadas, e incluso las mujeres mayores de la familia que ya estaban liberadas del ciclo de los nacimientos y crianzas, ejercían como "iatrine", "maia" u "obstetrix", que son los distintos nombres con que se las denominaba.
Un caso curioso es el de Agnodice, discípula del médico Herófilo, del s. IV a. C., que estudió medicina en Alejandría y al volver a Atenas ejerció este oficio entre la aristocracia, vestida de varón, hasta que algún compañero preso de la envidia la denunció acusándola de "corromper a las esposas de los hombres", debiendo entonces presentarse desnuda como prueba de su inocencia ante los ancianos del Areópago. La condenaron a muerte por ser mujer y ejercer como médico, pero fue tal el reconocimiento de sus cualidades y la presión de sus clientes, que se la dejó continuar con el desempeño de su oficio. Otra fue Aspasia de Mileto, mujer de Pericles citada por Platón como una gran retórica, la cual a su vez tenía conocimientos sobre obstetricia. En los escritos del médico Aetius, la elogia por sus diagnósticos sobre la posición fetal y su método para ayudar a parir con la aplicación de lociones calientes hechas a base de preparados naturales con hierbas y otras substancias; también por las recomendaciones postoperatorias, la prevención de embarazos y los métodos para inducir abortos y curar distintas enfermedades de la mujer.
Estatuilla de un parto, s. V a. C.
En el Imperio Romano, las buenas comadronas eran muy apreciadas y remuneradas, esperándose de ellas profundos conocimientos para atender a las mujeres desde un punto de vista muy amplio. El médico Soranus de Efesos las reconocía como "mujeres conocedoras de todas las causas de las señoras y también expertas en medicina". Por tanto, vemos que cumplían una función no solamente durante el embarazo, parto y puerperio, sino que actuaban como sanadoras, atendiendo las enfermedades propias del sexo femenino, así como aconsejando a las hembras sobre métodos anticonceptivos, abortivos, etc. Por otra parte, entre las hebreas, también eran mujeres las que ayudaban a parir, siendo muy grande su cualificación, y su práctica se extendía a la primera infancia. Ya en el mismo Génesis aparecen nombradas en varios pasajes con motivo del nacimiento de personajes destacados de la historia sagrada. (Ver Gen 35, 16-20; Gen 38, 27-30)
Durante la Edad Media, numerosas comadronas fueron sospechosas de aplicar prácticas mágicas en su oficio (ver más arriba la entrada de Brujas), y la Iglesia ejerció sobre ellas un estrecho control y vigilancia. Es cierto que muchas conocían a fondo todo lo relacionado con los ciclos de la naturaleza, los cuales guardan analogía con el propio ciclo femenino, y que su actividad se fundamentaba en la magia simpática entre los distintos órdenes de la realidad, activada a través de conjuros, talismanes, ungüentos y sustancias calmantes, inhibidoras o activadoras, etc., etc. Y puesto que tales conocimientos eran temidos o incomprendidos, fueron rechazados, y muchas de estas hembras debieron protegerse ante las persecuciones y condenas, siendo cada vez más desvalorizadas a medida que nos acercamos al fin del medioevo. A modo de información transcribimos un pasaje del libro de Margaret Wade Labarge La Mujer en la Edad Media (Ed. Nerea, San Sebastián, 2003) en el que dice:
"Fueran cuales fueran las dificultades de las mujeres a la hora de mantener su posición en otros campos de la medicina, en las cuestiones de los partos dominaban casi sin objeciones. Las comadronas eran siempre mujeres y las pocas alusiones a médicos varones en los nacimientos se limitaban a los partos de reinas o princesas e incluso en esos casos son poco frecuentes. Por lo general a los médicos varones les parecía que los partos y la ginecología rebajaban su dignidad y podían causar escándalo. El proceso del embarazo y el parto no se entendía bien. Las prácticas mágicas para facilitar el parto, tales como el empleo de piedras preciosas con propiedades mágicas o cinturones que hacían maravillas, iban unidas a una teoría insuficiente, algunos conocimientos prácticos, y las soluciones pragmáticas deducidas poco a poco para problemas que se repetían. En estas circunstancias no es de extrañar que se pensara que las comadronas tenían un contacto peligroso con la hechicería o el ocultismo.
La historia de las comadronas medievales comienza con la escuela de Salermo y Trotula y, aunque es bien cierto que los primeros conocimientos médicos se concentraban en Salermo, la existencia de Trotula todavía es objeto de encendidos debates. Su nombre se asocia a menudo con dos tempranos tratados que eran muy prácticos. Sea quien sea el autor -ya sea que realmente existió una Trotula que era una experta comadrona que aconsejaba a los médicos de Salerno sobre las complicaciones del parto, ya sea que haya que identificarla con la legendaria, vieja y algo lasciva Dana Trot que encontramos en Chaucer o en el Romance de la Rosa- no es lo que importa aquí. Los tratados que llevan su nombre, que hacen hincapié en la práctica y no en la teoría, circularon enormemente y perduraron bastante: en la segunda mitad del siglo XIII Gilberto el Inglés, que pudo haber estudiado en París, pero probablemente aprendió lo que sabía de medicina en Salermo y Montpellier, en su Compendium Medicinae hacía un estudio detallado y bastante más sólido sobre ginecología. Estas obras provocaron el aluvión de tratados sobre el parto escritos en lengua vernácula y a menudo ilustrados que los médicos universitarios desdeñaban, pero que estaban dirigidos específicamente a las mujeres que sabían leer y las instaban a transmitir a otras esta información. De esta forma podrían ayudar a las mujeres que no se atrevían a contar sus problemas a un hombre 'para que una mujer pueda asistir a otra en su enfermedad y no divulgue sus secretos a hombres descorteses'.
Había una cantidad considerable de comadronas. Alrededor de un tercio de todas las mujeres que aparecen en la compilación completa de médicos franceses medievales eran comadronas (44 de las 121 conocidas por su nombre). Muchas ciudades y pueblos franceses contaban con comadronas juradas que controlaban el acceso a la profesión y mantenían sus niveles. El arte se adquiría mediente el aprendizaje con una comadrona en funciones y la candidata era examinada después por un médico elegido por la administración local. Las podía haber en las ciudades de todos los tamaños que fomentaran los servicios de las comadronas, ya fuera dándoles privilegios, como la exención de impuestos o incluso una pensión al retirarse, o negándose terminantemente a dejarlas marchar de la ciudad."
La iconografía ha recogido esta presencia de la mujer parturienta y sus asistentas. He aquí una pequeña muestra de ello:

Madonna del Parto,
Piero della Francesca, circa 1450-70
Mujer pariendo, Artaiz, Navarra

Dos comadronas asistiendo a la Virgen
Cirujana practicando una cesárea
Comadrona del siglo XVII
Más adelante el oficio se vuelve mucho más técnico, se institucionaliza y va perdiendo su connotación más profunda, esotérica, en consonancia con el olvido creciente del mundo moderno del sentido sacro de este tránsito de un estado a otro, en el cual la comadrona es, ni más ni menos, que una experta intermediaria: ayuda a nacer, a extraer lo que la madre lleva dentro, sigue de cerca el misterioso proceso de la generación, el crecimiento y la madurez. La comadrona es espectadora de honor, y coadyuvante en este trance, las más de las veces desgarrador y doloroso, y que en muchas ocasiones, hasta bien entrado el siglo XX, provocaba la muerte del hijo o de la madre.
Hasta aquí un poco de historia, pero lo que la comadrona y la parturienta simbolizan es susceptible de otras lecturas y de ser transpuesto a otras posibilidades, pues, una vez nacidos al estado humano, ¿podemos renacer a realidades dormidas pero latentes en nuestro interior?, ¿cómo? y, ¿de qué nuevo o nuevos alumbramientos se trata?, ¿quién actúa como obstetra en estos casos?
El segundo nacimiento es nacer a la vida del ser universal, para lo cual es imprescindible pasar por una muerte, la iniciática, que opera una completa disolución y un retorno a la matriz, en este caso la matriz del cosmos, de la que el alma resurgirá regenerada y dispuesta a conocer su naturaleza humana y suprahumana, lo que equivale a decir que irá conquistando su esencia luminosa e ígnea. De ahí el simbolismo de la expresión "dar a luz". Ahora la parturienta es el ser que se entrega a la fecundación y gestación interior, y que está dispuesto a vivir muertes y alumbramientos en los distintos planos jerarquizados de la conciencia, o del Pensamiento, que es dónde se operan todos estos decesos y renacimientos. El símbolo es el que ejerce como comadrona. El es conductor, soporte y puente; la mano que guía el embarazo, el parto y el crecimiento en los distintos eslabones de la escala del Pensamiento. Todo un proceso de realización espiritual interno, alquímico, que operará sucesivas transmutaciones a través de las cuales se conformará un ser humano totalmente regenerado.
Hermes-Mercurio es el psicopompo
o conductor del alma
en el viaje iniciático
He aquí, frente a nosotros, a modo de obstetras, los símbolos que nos alumbran a esta nueva concepción del mundo y de nosotros mismos, los que hacen posible la realización del nuevo hombre, en todo identificado con la sacralidad del universo, pues en sí, es el universo en miniatura, y por tanto está nutrido y sostenido por las leyes inmutables que lo rigen.

Conjunción del
principio femenino y masculino
Concepción, preñez y
desarrollo del nuevo ser
Crecimiento del niño alquímico,
hijo de la luz y de la fuente de la vida

La obra se cuece en el vientre con un fuego mantenido

Matriz celeste y terrestre
por la que circula el alma del mundo
El niño alquímico
madurando como un fruto

Nacimiento del ser regenerado
tras atravesar el estrecho canal del parto

El neófito ha traspasado las dos columnas del Templo,
cual las dos piernas de la madre parturienta,
y a partir de ahora crece insertado
en el nuevo orden cósmico
que el templo simboliza

La madre divina le proporciona
el líquido nutricio para su crecimiento

El niño alquímico es coronado por sus progenitores.
Su realeza es de otro mundo
Sophia o Sabiduría alimenta a sus vástagos
con la leche de la inmortalidad: la doctrina tradicional
Mandil masónico con las tres virtudes
y numerosos símbolos que ayudan al crecimiento del neófito
hasta la plena realización del estado humano
Se ha completado un tramo del recorrido, el fruto ha madurado, y no es poca cosa llegar al núcleo o centro de la identidad del ser humano. Este centro, análogo al corazón, al Sol o a la caverna, es una nueva matriz. Aquí se muere a la condición humana y se puede renacer a la suprahumana. Esta matriz contiene la semilla de la inmortalidad, que de germinar, iniciará entonces un recorrido vertical, ascendente, por el eje invisible que atraviesa los estados de la conciencia supraindividuales, trascendiendo la luz del Sol y dirigiéndose a la luz increada del Principio.
Más allá de la Luna y el Sol, sigue el recorrido por las esferas superiores,
análogas a los estados universales del ser, que Apolo señala con su dedo;
es el ascenso hacia el polo celeste, punto original de donde emana
todo el orden del universo
Los nacimientos contranatura relatados por los mitos son una manera de explicar lo que con la razón es imposible de comprender. Los sabios renacentistas ya decían que "Morir es ser amado por un dios, y viceversa, que amar es morir o ser muerto por un dios". Toca pues, en esta empresa, que el alma se deje raptar o aspirar por el furor de los dioses, lo cual es una forma de decir, ya que no vendrán unas divinidades de afuera a rescatarla y elevarla, sino que más bien se trata de dejar de poner las trabas que impiden el despertar o renacer de sus posibilidades superiores. En este caso, el mito, que es un símbolo verbalizado, actúa de partera y ayuda a extraer lo que el alma ya lleva en su seno de modo potencial. Por ejemplo, la mortal Semele, madre de Dioniso, le pide a Zeus que se le revele con toda su majestad y fuerza; él así lo hace, y la mujer de carne y hueso cae fulminada, pero el vástago que lleva en su vientre completa su período de gestación implantado en el muslo paterno, lo que le hace adquirir su condición inmortal. Nace el niño-dios que en su vida no hará sino recordar su identidad humana y divina.

Nacimiento de Dioniso
Otro mito. La Sabiduría y la Inteligencia, que son las dos facetas más altas de la deidad, están simbolizadas por la diosa Atenea. Esta, para dar idea de la alta procedencia de esas dos energías universales, nace de la cabeza de su padre Zeus como una adulta guerrera y sabia conocedora de las ciencias y artes que legará a los hombres para que con su soporte puedan trascender los estrechos límites de la individualidad y viajar por el ancho mundo de las ideas y los arquetipos.
Nacimiento de Atenea
Y otro más. Del semen de Urano caído en el
océno se engendra una diosa que nacerá de la espuma, y sobre una concha llegará hasta la orilla de la tierra. Urano = Cielo fecunda las aguas, que en un sentido extenso representan el principio femenino del cosmos, y en otro complementario, son el símbolo del Alma. La poderosa y bella Afrodita es como la piedra imán que impregna toda el Anima, cohesionando y equilibrando las fuerzas cósmicas a través de su sutil energía, que se llama Amor. Ella provoca las uniones de los seres y las cosas entre sí y con su Principio. De sus cópulas con los dioses nacen innumerables vástagos. Con Hermes tiene a Hermafrodita; con Marte, a Eros y Anteros, Deimo (el temor), Harmonía y Fobo (el terror); de sus amores con Dioniso nace Príapo y con Adonis engendra a Eneas, símbolos todos ellos esas posibilidades universales que anidan en nuestro seno y que son las que se activan o actualizan en este tramo del trayecto.

Nacimiento de Venus de Botticelli
Diotima de Mantinea instruyó a Sócrates sobre los misterios del Amor. Aquí los tenemos frente a frente, cual comadona y partera (¿quién sería el obstetra y quién la partera?) insuflados por la fuerza de Cupido dialogando en un gran banquete sobre la culminación de todas las generaciones, muertes y renacimientos, una vez llegados al término de la iniciación, de la que sólo faltará el paso por el canal de parto más estrecho, el que desemboca en la salida del cosmos hacia el mundo ilimitado de la metafísica.

Diotima y Sócrates frente a frente,
bajo el amparo de Cupido o Amor
"Préstame ahora, Sócrates, toda la atención de que seas capaz. Quien, en los misterios del Amor, se eleve hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido convenientemente todos los grados de lo bello, llegado al término de la iniciación, percibirá de golpe una belleza maravillosa. ¡Oh Sócrates!, la que era el fin de todos los trabajos anteriores, belleza eterna, increada e imperecedera, libre de crecimiento y de disminución, que no es hermosa en tal parte y fea en otra, bella en un concepto y fea en otro, para éstos o para aquéllos; belleza que nada tiene sensible como un rostro, unas manos, o algo corporal, que no es tal pensamiento o tal ciencia, que no reside en un ser diferente de sí misma, en un animal, por ejemplo, o en la tierra o en el cielo o en cualquier otra cosa, sino que existe eterna y absolutamente por sí misma y en sí misma, de la que participan todas las demás bellezas, sin que el nacimiento o la destrucción de éstas le cause la menor disminución o el menor crecimiento, ni la modifique en lo más mínimo. Cuando de las bellezas inferiores se ha sido elevado, por un amor bien entendido de los jóvenes, hasta esta belleza perfecta y se comienza a entreverla, se ha llegado casi al final. Porque el camino derecho del amor, ya lo siga uno mismo, ya sea guiado por otro, es comenzar por las bellezas de aquí abajo y elevarse hasta la belleza suprema, pasando por así decirlo por todos los grados de la escala, de un cuerpo a dos, de dos a todos los demás; de los cuerpos bellos a las ocupaciones hermosas; de éstas a las ciencias hermosas, hasta que, de ciencia en ciencia, se llega la que lo es por excelencia, que es la ciencia de lo bello, y se acaba por conocer lo que es bello por sí mismo. ¡Oh, mi querido Sócrates! -prosiguió la extranjera de Mantinea-, si algo vale en esta vida es la contemplación de la belleza en sí misma... (Platón, Diálogos, El Banquete, Ed. Iberia, Barcelona, 1985)
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Otoño 2010
La pitonisa emitiendo el oráculo
Cerámica griega
La Pitonisa de Cumas vivía en un inmensa gruta; la de Delfos profetizaba al beber el agua e inhalar los vapores que exhalaba la fuente inspiradora. Casandra no dejaba de lamentarse al visionar todo lo que acontecería en Troya, y la de Montjuïc se dice que sigue viva, apareciendo en distintos barrios de Barcelona en los que las galerías subterráneas no están todavía tapiadas o interrumpidas por las innumerables obras del metro o del AVE.
¿Quiénes son estas misteriosas mujeres a las que la antigüedad tanto veneró, y que hoy ni se las recuerda, o a lo sumo se las tiene por una leyenda, cuando no por unas locas demenciadas?

Sibila Pérsica
Pavimento de la catedral de Siena
Cristina de Pizán las pondera de este modo en su libro La Ciudad de las Damas (Ed. Siruela, Madrid, 2000):
"Entre las mujeres de muy alta dignidad, figuran en primer lugar las sabias sibilas que, según los autores de mayor autoridad eran diez. Escúchame bien, querida Cristina, ¿ha existido jamás un solo profeta a quien Dios haya concedido el honor de la revelación y haya querido tanto como a esas nobles damas que estoy evocando? Les confirió tales dones de profecía que lo que decían no sólo parecía anticipar el futuro sino narrar acontecimientos pasados, conocidos ya, porque sus escritos resultaban tan claros e inteligibles como una crónica. Anunciaron incluso la llegada de Cristo de forma más clara y detallada que los textos de los profetas. Las llamaron 'sibilas', lo que significa: 'la que conoce el pensamiento divino', porque tan milagroso era su don de profecía que sólo podía provenir del espíritu divino; 'sibila' se refiere, por lo tanto, a un oficio y no a un nombre propio. Nacieron en diversos países del mundo y en épocas distintas, pero todas vieron hechos extraordinarios que habían de acontecer más tarde, como el nacimiento de Cristo, al que hemos aludido ya. Sin embargo, todas eran paganas y ninguna perteneció a la religión judía.
Llamaron a la primera sibila, que venía de Persia, Pérsica y a la segunda, que era libia, se la llamó Líbica. La tercera recibió el nombre de Délfica, por haber nacido en el templo de Apolo en Delfos. Profetizó la destrucción de Troya y Ovidio le dedicó unos versos. Nació en Italia la cuarta, llamada Cimeriana. Erífila se llamaba la quinta, originaria de Babilonia. Ella anunció a los griegos que habían acudido para consultarla que habían de destruir Troya e Ilión, su ciudadela, y que Homero dejaría sobre tales hechos un relato muy fantasioso. Le cambiaron el nombre por el de Eritrea porque así se llamaba la isla donde vivía y allí se descubrieron sus libros. La sexta se llamó Samiana, por ser de la isla de Samos. Nacida en Italia, en Cumas, provincia de Campania, la séptima llevaba el nombre de Cumeana. Helespontina, por el Helesponto, la llanura de Troya, era la octava, que vivió en la época de Ciro y del famoso autor Solón. En Frigia nació la novena, la sibila Frigiana, que profetizó claramente la llegada de un falso profeta o anticristo. A la décima, Triburtina, le daban también el nombre de Albunia y fue muy venerada por sus oráculos porque anunció la venida de Cristo". (pág. 155-156)
Sibila Líbica
Pavimento de la catedral de Siena
Tanta fue su importancia que incluso durante el Renacimiento se las tuvo muy presentes, hasta tal punto que en el suelo de la catedral de Siena están representadas esas diez sibilas, con sus sentencias y oráculos, de los cuales dice la tradición que fueron recogidos en nueve libros que la sibila de Amaltea quiso vender al emperador romano Tarquino el soberbio, y,
"Como el rey se negaba a darle el precio que pedía, quemó tres en su presencia. Al día siguiente pidió para los séis libros restantes el precio que había exigido para los nueve, afirmando que si seguía rechazando la oferta quemaría otros tres inmediatamente y al día siguiente los tres restantes. Entonces, pagó Tarquinio el precio que ella había pedido al principio. Los libros fueron guardados en el tesoro de los emperadores romanos y, como resultó que encerraban predicciones sobre el futuro de Roma, se los consultaba como a un oráculo". (La Ciudad de las Damas, pág. 158)
El de los oráculos y la adivinación no es un tema fácil, como tampoco lo es el de las sibilas o profetisas que "oyen" o "ven" los mensajes de los que se hacen emisarias. Actualmente, nada está más lejos de la cotidianidad de los modernos que el diálogo con los dioses o las potencias vivas del universo. ¿Quién los reconoce como lo que son, las fuerzas que mantienen la arquitectura cósmica, las energías que regulan el devenir y que marcan el destino del mundo y de todos los seres, o sea, los intermediarios entre el Principio y su manifestación, en la que por supuesto está incluida el ser humano? ¿Quién los invoca y mantiene con ellos un diálogo permanente?
Y si no se los recuerda, ni nombra ¿cómo esperar que se revelen o "hablen" con facilidad? Ellos no caen en la trampa de la estulticia y la soberbia humana -que cree bastarse a sí misma-, y como agudos estrategas, se mantienen en la retaguardia, vigilantes. Ante la ignorancia generalizada, ahí permanecen, medio retirados, distantes, ora tediosos, ora demasiado silentes, aunque a veces nos sorprenden con sus convulsiones, manifestadas a través de catástrofes naturales y fenómenos meteorológicos extremos, que sólo consiguen despertar una mueca pasajera de miedo y horror en las caras de los televidentes, aunque luego ni siquiera se plantean qué mensaje oculto, simbólico, subyace tras esas hecatombes.

Sibila Délfica
Pavimento de la catedral de Siena
El oráculo calla para quien no reconoce la visión de las cosas tal cual es. Por eso hoy, ante la inmensa sordera de los receptores, los oráculos están más silenciosos que nunca, pues lo central en ellos no es saber si pasará esto o aquello, ni cuándo, ni cómo, ni si se saldrá ganando o perdiendo en tal o cual gesta. Lo nuclear, y eso siempre ha sido así, es dar cabida a la irrupción del dios, del emisario que se cuela por la brecha que comunica los simultáneos planos del universo, lo que significa hacer efectiva y actuante la concatenación entre todos esos mundos.
De la trilogía platónica Providencia, Necesidad y Destino, el oráculo se vincula con la Necesidad. Esta es la intermediaria, la bisagra entre el Principio Supremo y el devenir que se expresa como el Destino. Necesidad es la reunión de todos los dioses y la puesta en escena de sus funciones, en la que su "habla" comunica analógicamente las distintas instancias entre el Principio inmutable y la rueda del Samsara. Y de alguna manera, podría decirse que ese "habla" de la Necesidad, cuando toca la realidad sensible, es el oráculo, vocablo que etimológicamente viene del verbo "orare" que significa hablar. Así, lo que en un plano elevado libre de las coordenadas espacio-temporales es una idea, por ejemplo la de la polarización, cuyo símbolo más sintético es el número 2, en otro inferior se refleja como una forma sutil (luz-oscuridad), y en un plano concreto se traducirá como la alternacia del día y de la noche. Esto que dicho así parece algo lineal, conjugado con las indefinidas posibilidades del Ser Universal, a distintos niveles, es el gran juego de la existencia, como un código parlante multidimensional que se explica a sí mismo a cada instante.

Sibila Cimeriana
Pavimento de la catedral de Siena
El que se hace receptor y portavoz de este discurso es el profeta -muchas veces profetisa o pitonisa-, o sea el ser que "deja fluir a su través" esa cadena de mensajes.
Y se abre a ellos con furor, raptado por una especie de posesión que no viene de afuera sino que es un impulso o arrebato que nace de dentro y que absorbe o impulsa hacia arriba, abriendo espacios de la conciencia olvidados, canales secretos, que reciben las impresiones de los planos arquetípicos, las que se reflejarán como formas o imágenes en un nivel inferior, y como hechos, fenómenos o cosas en el plano concreto o material. Recogiendo las palabras que aparecen en la novela de Federico González, Defensa de Montjuïc por las donas de Barcelona (Libros del Innombrable, Colección Marginalia, Barcelona, 2009) acerca de la profecía que ha emitido la profetisa de Montjuïc:
"- ¿Y qué conclusión podemos sacar de todo ello?, preguntó una de las jóvenes que habían visitado a la Superiora en su casa. En definitiva, ¿qué es la profecía?
-Supongo que es dar formas verbales a realidades como que flotan en el ambiente -en el plano de Yetsirah, según dice la Cábala- y que tienden a materializar en algún momento.
- Sí, volvió a replicar la joven, pero me sorprende que casi todas ellas sean de signo negativo, aún las bíblicas y tradicionales, o las más conocidas a través de libros y artículos.
A lo que Esmeralda volvió a responder:
- Sin duda eso es así, y debemos aceptarlo como que forma parte del asunto. Profecías que anuncian el bien y la felicidad son prácticamente inexistentes. Aunque hay algunas en que estos elementos se obtienen gracias a la destrucción y muchas veces por medio del horror.
- Trataré de comprenderlo porque vosotras me lo decís, insistió la neófita". ( pág. 151)
A estos seres permeables, hoy seguro que les colgaríamos una etiqueta del tipo: "personas con estados alterados de la conciencia patológicos". Y en realidad, es claro que viven alteraciones de la conciencia, pero hay que distinguir la sutil frontera entre lo que es fruto de una inversión, de una invención, o de burdas manipulaciones de orden psíquico, y esos estados de rapto profético. Nos acercaremos a un autor tradicional,
Plutarco, que en su libro Sobre los oráculos (J. J. de Olañeta Editor, Barcelona, 2007), se expresa en estos términos acerca de este don:
"Esa facultad innata, por tanto, la tienen las almas, aunque de forma débil y oscura, y únicamente se manifiesta con representaciones no diferenciadas. En alguna almas, sin embargo, se desarrolla de manera repentina, ya sea en sueños o a la hora de la muerte, debido a que el cuerpo se encuentra, o purificado, o bien en una posición favorable a la adivinación y, desligada de la parte intelectual y contemplativa, y libre de la impresión de los objetos presentes que la entorpecían, aplica la imaginación a la concepción no racional del futuro. Porque no es cierto lo que dice Eurípides de que 'Es buen adivino quien es hábil en conjeturar', pues ese es tan sólo un hombre inteligente que rastrea los indicios probables que le descubre la razón. La facultad adivinatoria, en cambio, es como una tabla rasa, privada en sí de razón y determinación, y que sin embargo, al ser capaz de recibir las impresiones y presentimientos que se ofrecen a su imaginación, alcanza sin ayuda de la razón a percibir tanto mejor el futuro cuanto más retirada se encuentre del presente; se produce entonces un trance, debido al temperamento o a cierta disposición ocasional del cuerpo, y entra en un estado que denominamos la inspiración profética.
Pues bien, a veces el cuerpo adquiere de manera natural esa disposición, pero la gran mayoría de las veces es la tierra la que es para los hombres una fuente abundante de variadas facultades; unas transportan a las almas fuera de sí mismas, causan enfermedades contagiosas e incluso la muerte, mientras que otras son útiles, sanas y benéficas, como demuestra la experiencia. Pero el aliento o efluvio más santo y más divino es el adivinatorio, tanto si se comunica directamente por el aire como si lo hace a través de un líquido.
Cuando afecta al cuerpo, provoca en las almas una disposición extraordinaria cuyo carácter es difícil de determinar claramente, aunque sobre él pueden hacerse varias conjeturas razonables. Parece que, con el calor y la dilatación que produce, ese efluvio profético abre ciertos poros que dan paso a las imágenes del futuro, del mismo modo que el vino, con los vapores que lleva al cerebro, excita en el alma unos movimientos que hacen salir de ella cosas que se ocultaban con sumo cuidado. 'Porque la embriaguez y el delirio báquico favorecen mucho el don profético', como dice Eurípides. Es entonces cuando el alma enardecida y encendida se sacude esa timidez que la prudencia humana inspira de manera natural y que enfría o incluso extingue el entusiasmo profético". (pág. 101-102)

Sibila de Eritrea
Pavimento de la catedral de Siena
La profetisa o pitonisa se abre a lo extra-ordinario, como de hecho lo hace aquel que se libra a la iniciación, que muriendo a una visión del mundo, renace a la posibilidad de transitar o conocer todos los estados que lo conforman, siendo muchos de ellos suprahumanos, los cuales se experimentan trascendiendo los límites de la corporalidad y de sus extensiones psíquicas, aboliendo la prisión de la razón, y abriéndose a experiencias que vistas desde aquí nos harían decir que el ser está como transportado, o fuera de sí, cuando en realidad se encuentra cada vez más dentro o cerca de su esencia.
David Hernández de la Fuente dedica todo un estudio que titula Oráculos griegos (Alianza Editorial, Madrid, 2008) a investigar la importancia de la función oracular en la cultura griega, los principales oráculos que rigieron el destino de Occidente y las características de la facultad profética, tan cercanas a las experiencias que busca todo iniciado en los misterios. Destacamos que:
"'Nadie en sus cabales llega a alcanzar una adivinación divina y auténtica, sino que eso ocurre más bien cuando la razón se ve entorpecida por el sueño o la enfermedad o desviada por la posesión del dios'. (Timeo, 71e)
En nuestro mundo, la inspiración profética de la Pitia, las sibilas y las profetisas de su estirpe supone un contacto con la divinidad muy semejante al de los iniciados en el ritual mistérico. Así, cuando Plutarco, sacerdote en Delfos, explica cómo entraba en trance la Pitia para transmitir los oráculos de Apolo, el parecido con el éxtasis de los iniciados en misterios como los órficos o los dionisíacos salta a la vista.
'La sacerdotisa profética es inspirada según sus facultades naturales (...) De hecho, la voz no es la de un dios, ni tal es la expresión, dicción o verso, sino que todo ello pertenece a una mujer; el dios pone en su espíritu solamente las visiones y enciende una luz en su alma que le hace ver el futuro; pues la inspiración es precisamente esto'. (Moralia, 397d)
Ambos son casos de posesión divina, de recepción del dios en el interior del mortal (enthousiasmos). También el culto mistérico de Dioniso, por su parte, reúne estas características, como lo representa el extraordinario coro de las Bacantes de Eurípides, tal vez la más poética representación del trance de los misterios que se nos ha transmitido.
'Feliz el iniciado dichosamente en los misterios de los dioses que consagra su vida y ofrece su alma como compañera del tíaso del dios, bailando en los montes como bacantes en santas purificaciones, el que celebra las orgías de la Gran Madre Cibeles, blandiendo el tirso impetuoso y coronado de hiedra sirve a Dioniso. (...) ¡Qué gozo en las montañas, cuando en medio del cortejo se lanza a la carrera y cae al suelo, cubierto con la sagrada piel de ciervo, rastreando la sangre del cabrito sacrificado, delicia de la carne cruda, mientras va por los montes frigios y lidios! Mana de la tierra leche, mana vino, mana néctar de las abejas. Se respira un aroma parecido al incienso de Siria cuando Baco alza en lo alto la llama roja de la antorcha de pino a la carrera con su fuego, dejando al aire sus rizos delicados y con danzas y alaridos conmueve a las delirantes mujeres bramando con gritos evohé'. (Bacantes 73-151)
Gracias a la manía, al estado de delirio de la posesión divina, podían actuar así los fieles del dios, obrando prodigios en sus danzas nocturnas en el monte, entre ritos de caza y muerte de un animal y otros milagros dionisíacos, relacionados con la exhuberante vegetación áurea y dionisíaca, sobre todo la vid y la hiedra. Así, los poseídos producían un florecimiento espontáneo de la vegetación y veían brotar leche y miel de los ríos cuando entraban en trance báquico (Platón, Ion, 534a).
El estado al que se refieren estos pasajes es idéntico al de la Pitia, llena del divino pneuma o espíritu profético. El vocabulario es ciertamente común -pneuma, manía, etc.- y pone de manifiesto una relación entre oráculo y misterios. Al mencionado mito según el cual Dioniso reinaba los meses que Apolo se ausentaba de Delfos se añaden noticias del historiador helenístico Filócoro acerca de la tumba del dios en Delfos, que subrayan la conexión entre el oráculo y los misterios de este dios. 'Aquí yace el cuerpo de Dioniso, hijo de Sémele', rezaba el epitafio de Dioniso en Delfos, donde supuestamente habría ido a parar tras ser despedazado ritualmente por los Titanes, según un mito de trasfondo órfico. Ya en el mundo romano, pero con referencia a la Pitia de Apolo en Delfos, el poeta latino Lucano describe vivázmente su éxtasis con vocablos dionisíacos (bacchatur demens aliena per antrum):
'En bacanal, enloquecida, vaga sin rumbo y arrastra su cuello delirante por la viva gruta agitando las cintas y coronas de Febo mientras, erizados los cabellos, su cabeza da vueltas de un lado a otro (...) En su interior alberga tu iracundo fuego, Febo, la consumes, la azotas como un látigo: tu fuego, como espuelas, se hunde en sus entrañas. Pero incluso entonces sabes frenar la demencia de su pecho, pleno de tu poder divino, y la profetisa sólo podrá revelar a los mortales lo que sea lícito saber'. (Farsalia, V 161-177)
Los arrheta o secretos inviolables del culto mistérico, también se hallan en el mundo délfico, y su revelación es perniciosa para los incautos. Además, en uno y otro ámbito son coincidentes los peligros de quienes no están convenientemente preparados, que pueden arriesgar su integridad. Si la profetisa no está purificada o no ha cumplido los ritos necesarios, si intenta engañar o prevaricar con sus oráculos incurrirá en la ira del dios y puede incluso morir (Plutarco, Moralia, 438b). Habrá de estar preparada para despertar el odio de los consultantes, si no quiere faltar a sus deberes, como refleja en una situación Eurípides en Fenicias: 'Si sucede que da una respuesta adversa, se hará odiosa a quienes consultaron su augurio. Mas si, por compasión, miente a los que le han consultado, cometerá un pecado contra los dioses'. Y el que revela los arcanos, por supuesto, sufre en ambos mundos una condena impecable.
Los peligros acechan también al consultante, especialmente en el aterrador oráculo de Lebadea, que refiere Pausanias (IX, 40), donde hace falta una exhaustiva purificación y un ritual estricto. Pero igual sucede con los no iniciados que asisten a los misterios: les puede costar la vida. El mejor ejemplo literario de ello es el rey Penteo, despedazado por las enloquecidas celebrantes de Dioniso -entre ellas su propia madre Ágave- en la tragedia de Eurípides Bacantes (1118 ss.).
También los misterios eleusinos -donde Dioniso aparece junto a las diosas Deméter y Perséfone con el nombre de Yaco- estaban en relación directa con Delfos: así lo prueban inscripciones y vasos con omphaloi, trípodes y figuras dionisíacas que examinó Harrison (1955, 554-60) para quien 'demuestran la influencia de Delfos en Eleusis' y prueban, a su vez, la importancia del paredros o compañero de templo de Apolo, Dioniso, para el santuario oracular. Los secretos y oscuridades que envuelven el mundo de los oráculos griegos encuentran, en fin, una cierta contarpartida en la religión mistérica. El Dioniso de los misterios es, en los arcanos de la religión griega, la otra cara del Apolo délfico. Como reza un fragmento atribuido a Esquilo (fr. 86), que intercambia simbólicamente sus epítetos, 'Apolo es el coronado de hiedra; Baco, el adivino'". (pág. 123-126)

Sibila Samiana
Pavimento de la catedral de Siena
El ya citado Plutarco pone el acento en la función mediadora de la sibila:
"... el dios de aquí se sirve de la pitia para que se lo escuche, del mismo modo que el sol se sirve de la luna para ser visto. Se nos muestra a través del cuerpo mortal y el alma humana de la pitia, que en vano quisiera permanecer en reposo y, cuando el dios la agita, no puede mantenerse inmóvil y en su quietud natural. Las vivas pasiones que ella experimenta en todo su ser, semejantes a la agitación del oleaje levantado por la tempestad, la turban con violencia y la transportan fuera de sí." (Sobre los Oráculos, pág. 153)
Añadiendo que:
"También la pitia debe acercarse al dios con una ignorancia y una inexperiencia casi totales, y con el alma verdaderamente virgen. Convencidos de que Apolo se sirve de las garzas, los reyezuelos y los cuervos para darnos a conocer con sus gritos sus voluntades, no exigimos que estas aves, por ser heraldos y mensajeros del dios, se expresen de manera elocuente y sabia. Y sin embargo quisiéramos que la voz y el habla de la pitia se representasen como las declamaciones que se hacen en un teatro, que no hablase más que en verso, que no emplease más que expresiones atractivas, ornamentos rebuscados y metáforas brillantes con acompañamiento de flautas". (pág. 155-156)

Sibila Cumeana
Pavimento de la catedral de Siena
La voz de la Pitonisa está mucho más cercana a un gruñido, a un sonido telúrico que emerge de lo profundo de la tierra, que a un canto suave y refinado. El contacto con lo sagrado sacude, transtorna los sentidos, aplaca la carcelera razón y sumerge en unas profundidades abismales, cual las simas más hondas del mundo subterráneo. De ahí que se diga que la primera profetisa fue la Tierra, luego la titánide Temis, diosa del Orden y la Justicia a la que sucedió la también titánide Febe, antecesora del brillante Apolo, cuyo oráculo por excelencia habla por boca de la Pitia. Esquilo empieza la tragedia de Las Euménides con la irrupción de la Pitonisa invocando con voz atronadora a la cadena áurea a la que se halla imantada:
(Sale la Pitia, coronada de laurel)
Primero, con mi plegaria
honro ante todo a la Tierra,
de entre los dioses, primera
profetisa; luego a Temis
que, según dicen, segunda
en el trípode profético
de su madre se sentó.
A su vez, con el permiso
de Temis, y sin hacer
violencia a nadie, tercera
profetisa, Febe aquí
sentóse, y a Febo Apolo
se le ofrece como don
natalicio, Febo, que
este nombre recibiera
tomándolo de la diosa;
y abandonando la mar
y las riberas de Delos
a las playas arribó
de la diosa Palas, de
muchas naves frecuentada
para llegar a esta tierra
finalmente, la morada
del Parnaso. Le escoltaban
con grandísimo respeto
los hijos de Hefesto que
allanaban los caminos
amansando para él
una tierra antes salvaje.
Grandes honras tributóle,
el pueblo en llegando a Delfos,
y el señor de estos parajes,
Zeus, su espíritu llenó
con un arte divinal,
y como cuarto profeta
lo coloca en este trono.
De este modo es Loxias, hoy,
intérprete de Zeus padre.
A estos dioses, pues, invoco,
al empezar mi oración.
Mas Palas Pronea tiene
también un sitio de honor
en el relato; también
a las ninfas mi respeto
que de Córico en la gruta
moran, a las aves grata,
habitación de las diosas.
También Bromio [Baco] reina allí
-no lo olvido- desde el día
en que el dios llevó a la lucha
a las bacantes, y dio
a Penteo triste muerte
como una liebre acosándolo.
A las fuentes, finalmente,
del Plisto invoco, el poder
de Posidón y al supremo
Zeus que todo lleva a término.
Y después de esto, en mi trono
tomo asiento, en calidad
de profetisa. Y que ahora
quiera concederme el Cielo
un buen acierto, mejor
que en mis sesiones pasadas.
Y si aquí ya hay peregrinos
griegos, que siguiendo el turno
se acerquen, como es aquí
costumbre. Pues profetizo
tal como el dios me lo ordena.
Esquilo, Tragedias completas (La Orestía III. Las Euménides), Ed. Cátedra, Madrid, 2005

Sibila Helespontina
Pavimento de la catedral de Siena
¿Y dónde viven estas mujeres?, ¿cuáles son sus dominios? Principalmente las cuevas, las grutas húmedas cercanas a cauces subterráneos cuyas aguas estimulan la visión. En las puertas del inframundo, ya que no se puede ascender al cielo sin pasar por el infierno. Por otra parte, descender al centro de la Tierra es también una forma de ver el retorno al origen, no en vano se dice que el agua de la vida sale de sus entrañas, y que quien beba de ella ya no tendrá sed nunca jamás. El poderoso capítulo VI de la Eneida relata el excepcional encuentro de Eneas con la Pitonisa de Cumas, y todo el viaje iniciático que el joven emprende guiado por la profetisa, que tras pedirle que encuentre la rama dorada que da acceso el inframundo, lo conducirá hasta su padre, el cual le revelará todo su destino y el de la civilización que está llamado a encabezar. Seleccionamos algunos fragmentos en los que van apareciendo todas las simbólicas tratadas hasta ahora:
(...)
El flanco enorme de peñón euboico
se abre en un antro inmenso, al que dan paso
cien largas galerías con cien puertas:
a través de ellas sale, en son de oráculo,
la voz de la Sibila hecha cien voces.
Avanza al umbral, y "¡Es tiempo! -grita-
¡llegó el instante de pedir tus hados!
¡El dios, ya viene el dios!" Aun hablaba
ante las puertas, y el color de súbito
se le quiebra, el semblante se deforma;
suelto el cabello y anheloso el pecho,
hinchado el corazón que en rabia estalla,
parece agigantarse, y ya no suena
su voz a humana voz, al transfundirse
por ella el dios ya más y más cercano.
Y de nuevo:"¿Tus votos interrumpes?
¿dejas de orar, troyano Eneas? Sabe
que sin orar no habrá de abrir su boca
la pasmada mansión." Dicho esto calla.
(...)
Mas si tan grande es tu ilusión, y el ansia
de surcar por dos veces el Estige,
y ver dos veces el oscuro Tártaro,
gozando audaz en la insensata empresa,
oye lo que has de hacer antes que nada.
Hay un ramo, de un árbol de la fronda,
hojas y tallo de oro, consagrado
a Juno inferna; en torno lo circunda,
por ocultarlo, el bosque todo en hoscas
y cerradas umbrías. Sólo puede
penetrar bajo tierra quien primero
segó el pimpollo de las hojas de oro:
es el don que la bella Proserpina
ha dispuesto exigir. Cortado un ramo
otro rebrota al punto, en el que cunde
idéntico metal por el retoño.
Búscalo, pues, en alto la mirada,
y si dieres con él, échale mano,
pues querrá de por sí seguirte dócil
si te llaman los hados; de otro modo
ni habrá fuerza o poder que lo desgaje,
ni hierro que lo corte.
(...)
Tras esto se ejecuta sin demora
el plan de la Sibila. Honda caverna
abre cercana sus enormes fauces,
roca viva cercada por las aguas
del negro lago y por la selva umbría.
No hay ave que transvuele impune nunca
la cueva: tan mortífero veneno
es el que espira de su negra boca
infestando la altura. (Así es su nombre,
pues para el Griego es el Averno, Aorno.)
Allí presenta Eneas lo primero
a la sacerdotisa cuatro erales
de negros lomos. Ella riega el vino
sobre sus frentes, y un mechón que corta
de entre las astas por primicias quema
sobre el altar, con súplicas a Hécate,
grande en el cielo y grande en el Erebo.
Les hincan otros el cuchillo y cogen
la tibia sangre en páteras. Eneas
una borra de negro vellocino
en honor de la madre de las Furias
y de su hermana prepotente inmola
y a ti una vaca estéril, Proserpina.
Luego improvisa para el rey estigio
nocturnas aras y en sus llamas pone
enteras las entrañas de las víctimas,
que baña en aceite mientras arden.
Y de pronto, al brotar la luz primera
del sol, bajo los pies rebrama el suelo
y entre luces los árboles se agitan,
canes aúllan, al llegar la diosa.
"¡Lejos! -al punto exclama la vidente-
¡lejos de aquí, profanos, salgan todos
de los linderos del sagrado bosque!
Y tú, adelante, desenvaina el hierro:
¡ahora, Eneas, tu coraje, ahora
pecho firme y valor!" Sólo esto dijo
y presa de furor se precipita
por la negra abertura cueva adentro.
Y él con paso resuelto va en pos de ella.
Virgilio, La Eneida Canto VI, Cátedra, Madrid, 2003

Sibila Frigia
Pavimento de la catedral de Siena
Sólo nos queda aportar alguna reflexión más sobre el carácter negativo de las profecías. Es común a muchas de ellas la idea de la destrucción de una civilización e incluso la de un mundo, o de una humanidad completa, cosa que no debe sorprender dado que es una ley universal que todo ciclo completado muera y al momento de nacimiento a otra revolución. Así es el reciclaje universal. Léase lo que dicen todas las tradiciones de forma unánime al respecto. El punto final es entonces al mismo tiempo el punto de un nuevo inicio donde todo es completamente virgen e inimaginable, como bien lo expresan estos vaticinios de la sibila de Eritrea, transmitidos por la pluma de Cristina de Pizán en el libro que ya hemos citado al comienzo:
"Ese día la tierra se estremecerá de espanto y sudará sangre en señal del Juicio. Bajará del cielo el Rey que ha de juzgar el mundo entero y le verán cara a cara tanto el justo como el malo. Las almas encontrarán sus cuerpos y cada uno será premiado según sus méritos. Desaparecerán las riquezas y caerán los falsos ídolos. Aparecerá el fuego, que se llevará a toda cosa viviente. Habrá llantos y desolación, y rechinar de dientes por la angustia. El sol, la luna y las estrellas perderán su claridad. Los montes llenarán los valles y el mar, la tierra; toda la creación quedará allanada. Sonarán las trompetas celestes para llamar a juicio. Todos enloquecerán de miedo y llorarán su locura. Un Nuevo Mundo será creado. Reyes, Príncipes y la humanidad entera comparecerán ante el Juez Soberano, que premiará a cada uno según sus méritos. Desde lo alto del cielo, bajará el rayo hasta el fondo del infierno". (La Ciudad de las Damas, pág. 157)
Y todo lo dicho apenas si queda impreso en el viento, o en este medio tan veloz y fugaz como internet, pues ya no hay apenas nadie que recurra a los libros para beber de las fuentes del saber. El libro, depósito durante milenios de una sabiduría universal y viva -cual los oráculos de las pitonisas-, está muriendo y con él la posibilidad de hacer memoria y de recordar quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Hacemos notar que las 10 sibilas que iluminan este trabajo sostiene libros en sus manos.
Aunque paradójicamente, en algunos lugares del planeta, como en Barcelona, está aflorando ese mundo subterráneo que guarda en sí todos estos secretos. ¿Quizás para emitir sus últimos estertores de forma atronadora?

Sibila Triburtina
Pavimento de la catedral de Siena
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