Mitologías


El Parnaso de Mantegna

Dioses en el Parnaso, de Mantegna


Hay pueblos para los que la verdadera historia es la de sus mitos cosmogónicos; para otros, al vivir instalados en un eterno presente y experimentar constantemente el rito genésico, transformador y conservador del universo, ni tan siquiera necesitan del relato mítico para conocer su identidad.


Y nosotros, seres caídos de un mundo amnésico, ¿Cómo recuperar la memoria, el recuerdo del Sí mismo, nuestro origen que es también nuestro destino?


El nacimiento de Atenea, la danza de las Gracias, la muerte de Eurídice, el rapto de Perséfone, los encantamientos de Circe, las cabezas de la Hidra, la ira de las Furias, las seducciones de Afrodita, las princesas convertidas en estrellas, las metamorfosis de doncellas, ¿no son acaso realidades reconocibles en nuestro interior referidas a la danza de la existencia que cada uno reproduce en integridad?



Primavera 2009


Tres magas en una: Circe, Pasífae y Medea
como modelo de las Artes Mágicas y Teúrgicas


Estas tres magas de la antigua Grecia tienen una genealogía común. De hecho Circe y Pasífae son hermanas, hijas de Helios y Perses, y Medea es sobrina de ambas. A las tres se les reconoce un profundo conocimiento y dominio de diversas mancias y pueden ser consideradas como una sola entidad que revela distintas facetas de las artes mágicas, desde las vulgares e inferiores hasta sus más altas realizaciones.


Helios en su carro

Helios en su carro


Nos dice la mitología que Circe vive en la isla de Ea, y que sirviéndose de filtros y pócimas transforma en animales a todos aquellos que osan franquear sus dominios. En su viaje de regreso hacia Itaca, Ulises recala en la isla de la hechicera, siendo el único de la tripulación que se salva del maleficio de ser convertido en cerdo. Así lo relata Ovidio en su Metamorfosis:


"Ella está sentada en un hermoso lugar apartado en un trono solemne y, revestida de un resplandeciente manto, se cubre por encima con un velo de oro. Juntamente las Nereidas y las Ninfas, que no tiran de vellón alguno moviendo los dedos ni sacan hebras que los sigan, clasifican plantas y distribuyen sin orden alguno flores esparcidas en los cestos y hierbas que se distinguen por sus colores. Ella en persona supervisa el trabajo que éstas realizan, ella conoce cuál es la utilidad o en qué hoja está, cuál es la mejor combinación para las mixturas y examina, mirándolas con atención, las hierbas que han sido clasificadas. Cuando ella nos vio, tras haber dicho y recibido los saludos, relajó su rostro y correspondió con augurios a los buenos deseos; y, sin tardanza, ordena mezclar cebada de tostado grano, miel, la fuerza del vino puro con leche a la que se le ha añadido el cuajo, y añade jugos que se ocultan disimuladamente bajo este dulce sabor. Recibimos las copas que nos da con su diestra sagrada. Tan pronto como sedientos con boca seca las apuramos y la cruel diosa tocó con su vara la punta de nuestros cabellos (me da vergüenza y lo voy a contar), empecé a erizarme con cerdas y a no poder hablar ya, a emitir en lugar de palabras un ronco murmullo y a inclinar hacia tierra todo mi rostro y sentí que mi boca se endurecía en un encorvado hocico, que el cuello se hinchaba con músculos, y con la parte con la que hacía poco yo había cogido la copa di pasos; y junto con los que habían soportado las mismas cosas (tanto poder tienen las pócimas) soy encerrado en una pocilga y vimos que sólo Euríloco (Ulises) estaba libre de la forma de cerdo: sólo él rechazó la copa que se le había ofrecido; si él no la hubiese evitado, todavía ahora permanecería yo como una parte del ganado provisto de cerdas y no hubiese llegado ante Circe como vengador Ulises, sabedor por él de tamaña desgracia. (Ovidio, Metamorfosis, Libro XIV, canto 261-292)


Circe, Ulises y un tripulante convertido en cerdo

Circe transforma en cerdos a los miembros de la tripulación de Odiseo


Circe retiene a Ulises a su vera durante un año, pero después lo deja partir, proporcionándole los medios para vencer a los monstruos Escila y Caribdis y enviándolo también al profeta Tiresias que le augurará el feliz término de su viaje. Gracias al conocimiento de los secretos ocultos que le revela Circe, el héroe sorteará muchos de los peligros que le esperan, aprendiendo entre otras cosas a aprovechar la fuerza de sus enemigos para proseguir su camino de retorno a Itaca.


La maga Circe

La maga con el fuego teúrgico


La maga pronuncia sortilegios e invocaciones, aplica ungüentos y pomadas para operar transformaciones, para hacer mudar de estado, para atar y desatar, atrapar o liberar. Pueden tomarse todas estas metamorfosis inducidas por la hechicera desde una perspectiva simplemente literal, pero más que una magia fenomenológica y por tanto inferior, interesa concebir sus facetas más altas, o sea reconocerla como la concatenación de los estados del ser universal, con sus grados y modalidades todos ellos vinculados entre sí. Por lo que las distintas formas, entidades, espíritus o númenes que conforman esta trama tan compleja son el símbolo de los diferentes modos en que se manifiesta el ser único, que se reviste de muchos mantos, facetas o apariencias para conocerse a sí mismo, creando y recreando un mosaico multicolor y poliforme, poblado de indefinidas variaciones que son las proyecciones especulares de las ideas y arquetipos informales fruto de su Pensamiento.


Circe y sus amantes en un paisaje de Dossi

Las artes de Circe


Y desde el punto de vista del ser humano que desea conocerse, o sea ser uno con el ser universal, la magia es el arte que hace consciente esta concatenación, estos vínculos y relaciones secretas de todos los mundos o planos, que deben religarse en el interior de la conciencia de la maga desde el momento que emprende el viaje iniciático. ¿Quién no se ha visualizado a sí mismo bajo la apariencia de un cisne, una serpiente, un centauro, un jaguar o un delfín? ¿Y no somos en ocasiones tan etéreos que ni forma poseemos, o a lo sumo encarnamos una brisa, o una llama, aunque también nos vivamos como una piedra tosca o un refulgente diamante? ¿Y en otros instantes, acaso no nos vemos medio humanos medio animales o vegetales, o como seres angélicos o monstruosos? No por serlo literalmente, sino concibiendo que todas estas posibilidades coexisten en el seno del ser humano, microcosmos que reproduce en miniatura la vasta riqueza del universo.


Detalle del Jardín de las Delicias de El Bosco

Metamorfosis


La maga, tal cual Circe, como iniciadora en estos misterios del ser, induce a su alma a adoptar indefinidas formas, subiendo y bajando por la escala de la conciencia, y también provoca escisiones en aquellos que se acercan a sus dominios y quieren franquear la existencia plana, lineal y monótona carente de sentido en la que se hallan instalados. Hay un finísimo velo que separa la magia que nunca busca fines ni resultados concretos, sino solamente ritmarse al ritmo del ser y ser todo lo que es, de la magia intencional, rebajada y ligada al poder individual y a la posesión.


Han abundado y todavía abundan las magas de corto horizonte intelectual, pero las hay también que no son movidas por ningún afán concreto, limitado o material, ni mucho menos por el deseo de revestirse de ciertos poderes psíquicos. Son seres que viven camuflados en medio del mundo, pero abiertos a los embates cósmicos, comprometidos con ritos internos de conocimiento que les llevan a experimentar todo cuanto es y no es, sin contradicción ni dualidad.


Bruja del pintor contenporáneo Tiziano

Maga de Tiziano


Pasífae, hermana de Circe y esposa del rey Minos de Creta, se siente atraída por el toro blanco de Poseidón que su marido recibió del dios, y tanto es su deseo que el ingenioso Dédalo le fabrica una ternera en madera de grandes dimensiones dentro de la cual se intruducirá la maga, consiguiendo de este modo unirse al animal y concebir al Minotauro, ser humano con cabeza de toro que debido a su fiereza será encerrado en el centro de un laberinto diseñado por el mismo Dédalo.


Pasifae y Dédalo

Dédalo y Pasífae


Las uniones contranatura, como ésta de la mujer y el toro, o siglos más adelante la de la bruja con el diablo escondido bajo la apariencia de macho cabrío, engendran seres fabulosos, extraordinarios, y están presentes por doquier en la mitología y en las expresiones culturales tanto de Occidente como de Oriente. Recordemos que el Angel de la Luz, Lucifer, entidad espiritual muy alta, cae de su sitial y deviene un reflejo invertido de su energía emparentada con la luz que emana del intelecto o con la visión de eternidad; pero esta energía seguirá ejerciendo su potente atracción sobre aquellos seres dispuestos a mecerse en el juego de las potencias cósmicas utilizándolas como soporte para recuperar el sentido de eternidad o de inmortalidad olvidado. Las brujas, magas o hechiceras reconocen dicha fuerza ctónica o telúrica de signo invertido, la invocan con todo el temor, copulan con ella en el Aquelarre o como Pasífae escondiéndose en la ingeniosa vaca, y utilizan su empuje para emprender un vuelo vertical ascendente a través de todos los estados de la conciencia que se sintetizan en el de Unidad o Eternidad.


Pasífae entra en el toro de Giulio Romano

Pasífae entrando en la vaca


Los primeros frutos de esas uniones "prohibidas" por la oficialidad suelen ser entidades entre humanas y animales, símbolo de las energías exacerbantes del cosmos, bestiales y destructivas si no son domadas con destreza, pero también profundamente generativas y fecundas si se viven dentro del proceso iniciático y se emplea todo su vigor invirtiendo su sentido descendente y poniéndolo al servicio del vuelo ascendente del alma.


Pasífae y el Minotauro

Pasífae y el Minotauro


Por eso no hay que rechazarlas, sino reconocerlas y mantenerlas circunscritas en un espacio delimitado, como se hace con el Minotauro dentro del laberinto, y darles el nutriente necesario para que no se desboquen y su ira arrase con todo. En este sentido las 7 doncellas y los 7 jóvenes sacrificados cada año para el Minotauro alimentan esa fuerza, deviniendo el fuego necesario para cocer la obra transmutatoria. Hay un Minotauro siempre vivo en el centro del dédalo, como hay un diablo siempre vivo en la entraña de la tierra, o en la caverna del corazón de la maga que atiza constantemente el fuego para, a través de su calor y luz, acceder a otros ámbitos más luminosos de su conciencia.


Esta "cocción" engendra y pare nuevos vástagos. Pasífae no sólo alumbra al Minotauro, sino también a Fedra "La Brillante" y Ariadna, "La de gran pureza", hija que simboliza justamente el alma que se va purificando; ánima receptiva que madeja el hilo dorado de la Tradición, única guía verdadera en el camino de Conocimiento, que le será ofrecida por la doncella a Teseo cuando éste accede al laberinto para luchar contra el Minotauro, y que le ayudará a encontrar de nuevo la salida una vez ha vencido a la fiera.


Ariadna y Teseo de Baccio Baldini

Teseo y Ariadna ante el laberinto


Es Ariadna quien entrega el ovillo a Teseo y lo sostiene hasta el retorno victorioso del héroe. Los jóvenes entonces se unen, los opuestos se conjugan, y se hacen a la mar en pos de nuevas conquistas. El viaje interno no se detiene. Llegan a la isla de Naxos, y aprovechando un instante en que Ariadna es vencida por el sueño, Teseo la abandona. En el largo camino de Conocimiento se producen muchas pérdidas y desprendimientos, la maga se va despojando de velos, de pequeñas o grandes ataduras, pero ella sigue firme en el estudio del símbolo y la práctica del rito.


Ariadna abandonada por Teseo

Abandono de Ariadna en Naxos


Aparece entonces Dioniso, dios de la naturaleza, de la inspiración arrebatadora y el promotor del furor mistérico. El alma de Ariadna aspira a más y se deja raptar por Baco, conocido también como el dios del vino, de la embriaguez y el instigador de las bacanales (anticipo pagano de los aquelarres medioevales y renacentistas), ritos antiquísimos en los que se da rienda suelta a energías transgresoras y por tanto liberadoras, de ahí también el epíteto de "Padre liberador" con el que se conoce a Dioniso, pues en verdad este desenfreno enmarcado en un acto ritual y sagrado corta cadenas mentales y ayuda al alma a emprender vuelos más altos. Ariadna se desposa entonces con el dios.


Baco y Ariadna de Tiziano

Ariadna y el séquito de Baco


El séquito de Baco lo integraban faunos, silenos y ménades, mujeres que lanzaban gritos mientras cantaban y danzaban desmelenadas y con el pecho descubierto provocando el delirio y el éxtasis. Se les atribuía la facultad de hacer manar leche, miel y vino de los árboles. Estos festejos llamados bacanales forman parte del legado greco-romano y son ritos ancestrales de regeneración y liberación, celebraciones que a partir del siglo II d. C. fueron estrictamente vigiladas y reguladas, y más adelante, ya en la Edad Media, cruelmente perseguidas, prohibidas, y quemados en la hoguera los que en ellas participaban.


Triunfo de Baco y Ariadna de Carracci

Los esposos triunfantes


Pero el alma pura, cual la de Ariadna, no teme entregarse a estos ritos catárticos, justamente porque promueven roturas en los estados inferiores de la conciencia, posibilitando así la vivencia de otros ocultos o hasta ahora inadvertidos, que sin embargo pueden ser aprehendidos, experimentados, vividos. Ariadna no se conforma con lo conocido, tan es así que de la mano del delirio báquico es ascendida al Olimpo, donde Dioniso le regala una corona de oro, que tras su muerte se convierte en una constelación, la Corona Boreal, expresión de la culminación de la obra transmutatoria que en todo momento promueve Amor a través de la magia, de ahí que dicha corona le sea impuesta a Ariadna por Afrodita o Venus, la diosa de la energía cohesionadora y unitiva del Cosmos.


Ariadna convertida en la constelación Corona Boreal

Coronación de Ariadna


Y si Circe revela las transmutaciones (vistas como metamorfosis) que se operan en el alma de la maga, y Ariadna hija de Pasífae traza el eje vertical ascendente que recorre el ánima para unirse definitivamente con el Espíritu, guiada siempre por el hilo de la Tradición y dejándose arrebatar por los heroicos furores, Medea, la maga que completa esta trilogía, advierte de los peligros y delitos en que puede incurrir aquélla que se deja tentar y se desvía del camino iniciático. Medea es hija de Eetes, rey de la Cólquide, hermano de Circe y Pasífae, en cuyo reino se custodia celosamente el Vellocino de Oro, zalea de un carnero áureo que estaba clavada en un roble de un bosque de esa región y al que se daba culto, pues a lomos de ese animal sagrado llegó Frixo escapando de quien quería matarlo. En agradecimiento al rey que lo acogió, el joven sacrificó el carnero a Zeus y ofreció el Vellocino a Eetes, que lo consagró a Ares. La expedición de los argonautas encabezada por Jasón llega a esas tierras para hacerse con el Vellocino, y Medea, enamorada ciegamente de Jasón, traiciona a su padre y ayuda al héroe con sus artes mágicas para hacerse con la zalea dorada del carnero. Con un filtro consigue adormecer al dragón que vigila día y noche al Vellocino y se lo entrega a su amado.


Medea y Jasón ante el dragón

Jasón y Medea frente al dragón


Pero además, para ayudar a huir a los Argonautas, Medea despedaza a su propio hermano, de manera que el rey Eetes se va deteniendo para recoger los miembros dispersos de su hijo y así consiguen escapar con el botín sagrado. Medea seguirá poniendo en práctica muchas de sus artes para proteger a Jasón ante los peligros que lo acechan, hasta que consiguen llegar al reino del joven cuya corona ha usurpado su tío Pelias. Pero primero Jasón se encuentra con su padre Esón, ya muy anciano, y le pide encarecidamente a Medea que lo rejuvenezca con sus poderes. Con este rito tan complejo, la maga simboliza la posibilidad de regeneración que se produce al morir el hombre viejo y nacer el iniciado en los misterios. Ovidio así lo relata en Metamorfosis:


"Al llegar se detuvo más acá del umbral y de las puertas, y está cubierta sólo por el cielo y rechaza los varoniles abrazos y levanta dos altares de césped, en la derecha el de Hécate y en la izquierda el de Juventud. Después de que los rodeó de verbenas y de ramos silvestres, en dos fosas con tierra sacada no lejos de allí hace sacrificios y clava el cuchillo en la garganta de negro vellón e inunda las amplias zanjas con sangre. Vertiendo después encima jarras de caliente leche, al mismo tiempo profiere sus conjuros y calma a las divinidades de la tierra y ruega al rey de las sombras y a su esposa raptada que no se apresuren a arrebatar el aliento vital de los miembros del anciano. Cuando los hubo aplacado con sus ruegos y con un prolongado murmullo, ordenó que se sacara al aire libre el exhausto cuerpo de Esón y, tras haberlo relajado con su sortilegio hasta un sueño total, semejante a uno sin vida lo extendió sobre las hierbas dispuestas en capas. Ordena que lejos de aquí se vaya el Esónida, que lejos de aquí se vayan los siervos y les aconseja apartar sus ojos profanos de los misterios. Huyen como se les había ordenado; Medea, con los cabellos en desorden a manera de las Bacantes, da vueltas en torno a los altares que chisporrotean y tiñe en la fosa negra por la sangre las ramificadas antorchas y, una vez impregnadas, las enciende en los altares gemelos y tres veces purifica al anciano con llamas, tres veces con agua, tres con azufre. Entretanto en un caldero de bronce allí colocado está hirviendo el potente brebaje y salta y blanquea de esponjosas espumas. En él cuece las raíces cortadas en el valle hemonio y las semillas y las flores y los negros jugos. Añade piedras conseguidas en el extremo Oriente y las arenas que lava el mar Océano con su flujo y reflujo; incorpora también escarcha recogida bajo la luna que ilumina toda la noche y las funestas alas de un vampiro con su propia carne y las entrañas de un mudable lobo, que acostumbra a cambiar su rostro de fiera en hombre; y no le faltó a todo esto la membrana escamosa de una delgada culebra venenosa del país de los cínifes y el hígado de un ciervo de larga vida, a los que añade además el pico y la cabeza de una corneja que ha aguantado nueve generaciones. Después de que con éstas y otras mil cosas sin nombre organizó la bárbara empresa más que mortal, con una rama, seca desde hacía ya tiempo, de un olivo lo removió todo y mezcla lo de abajo con lo de arriba. He aquí que el viejo madero agitado en el caliente caldero de bronce se pone primeramente verde y poco después se reviste de ramas y de repente se carga de pesadas aceitunas; y, por donde quiera que el fuego ha echado fuera las espumas del cóncavo caldero y las gotas calientes cayeron a tierra, el suelo se cubre de primavera y surgen flores y blandos pastos. Tan pronto como vio esto, Medea empuñando una espada, seccionó la garganta del anciano y, dejando salir la sangre antigua, la llena con sus jugos; una vez que Esón los embebió recibiéndolos por la boca o por la herida, su barba y sus cabellos, despojados de canicie, adoptaron un color negro, huye expulsada la escualidez, se alejan la palidez y la decrepitud y las profundas arrugas se llenan de carne añadida y sus miembros rebosan de vigor; Esón se maravilla y recuerda que él era así en otro tiempo cuarenta años atras". (Ovidio, Metamorfosis, Libro VII, canto 240-295)


Medea y Esón, padre de Jasón

Medea y el padre de Jasón


Más adelante, Medea engaña a las hijas del tirano Pelias haciéndoles creer que hirviendo en un caldero los miembros de su padre lo devolverán a la juventud, sin revelarles empero los secretos de su arte. Descubierto el horror del crimen instigado por la hechicera, la pareja es expulsada y debe refugiarse durante 10 años en Corinto, donde vivirán felices, pero pasado ese tiempo, Jasón, violando el juramento de matrimonio con Medea, la abandona para desposarse con Glauce, y entonces la venganza de la maga adquiere sus tintes más cruentos. Mata a los dos hijos habidos con Jasón...


Medea asesina

La crueldad de la maga


Y huye con un carro tirado por dos dragones regalo de su abuelo Helios. Tras un largo periplo, la maga retorna a su tierra, donde también dará muerte a Perses, que había traicionado al rey Eetes usurpándole su trono. Así Medea restablece la traición a su linaje que había cometido entregando el Vellocino a Jasón y uniéndose a él arrastrada por unas energías compulsivas que la pierden por los recovecos del alma inferior, tan llena de deseos, obsesiones, emociones, fobias y anhelos que de no recibir el soplo del alma superior y del Espíritu conducen a callejones sin salida.


Medea huye en su carro

Medea huye en su carro solar


Diversos peligros y trampas acechan constantemente a la maga; lo más vil, empero, es traicionar el fin último de sus búsquedas y operaciones, que es el de la realización metafísica, sustituyéndolo por la satisfacción de pasiones o deseos demasiado humanos que además nunca llegan a saciarse. La posesión, en cualquiera de sus formas, es otro de los grandes escollos; el afán por ser dueño del otro, el pretender manejar los hilos de la vida propia o de los semejantes, el acaparar poder, saber, dinero, prestigio o fama, es decir la ignorante ceguera de la individualidad prepotente y soberbia que se cree demasiado a sí misma e intenta suplantar al Yo único y supraindividual que no es propiedad de nadie.


Medea sucumbe ante muchos de estos engaños, se deja arrastrar por la ilusión, las fantasías, los anhelos, etc., pero invirtiendo el sentido descendente de estas fuerzas, liberada de su esposo, hijos y ataduras mentales, acaba por retornar a su origen, a la Cólquide, imagen del centro inmutable que le devuelve el recuerdo de su auténtica identidad. Sola y sin nada a lo que asirse, rompe las cadenas de una existencia dual y dividida y se reintegra a su verdadera morada.


Tres magas en una nos han revelado ciertas pautas del proceso cosmogónico análogo al del camino iniciático, y al igual que el gesto de las Tres Gracias, nos indican que la magia y sus leyes se reciben, se aceptan y se devuelven, y que de esta danza reiterativa y siempre renovada se sale por una puerta estrecha hacia el Infinito.


Las Tres Gracias de AAcchen

Las tres Gracias



Otoño 2009


Mitos de las tejedoras del universo


En los panteones de muchas culturas figuran una o más diosas cuyos atributos están relacionados con la tejeduría: las Moiras y Atenea en Grecia y sus análogas romanas, las Parcas y Minerva respectivamente; la diosa Ixchel en la civilización Maya, Izanami en Japón, así como personajes míticos y legendarios, tal la Noemá bíblica, la diestra Aracne y las innumerables hadas, viejecillas o brujas de muchos cuentos populares de todo el mundo.


El hilado y el tejido son oficio de mujer, y esto, lejos de tener una connotación peyorativa, esconde profundas enseñanzas cosmogónicas, o sea que la simbólica de este arte ha sido utilizada por doquier como medio de transmisión del orden, leyes, proporciones, mundos y ámbitos del Universo. Una forma con lenguaje femenino y adaptada a su naturaleza, que aplicada convenientemente también ha constituido un soporte fundamental para el conocimiento y por tanto la realización espiritual de muchas hembras, y aún lo es hoy en día, por ejemplo en países como Guatemala, donde las mujeres siguen tejiendo en base a las enseñanzas ancestrales y reproduciendo en sus tapices y bordados el universo en pequeño.


mujer con tejido maya

La mujer y su tapiz son
una sola realidad con el Cosmos


Empecemos por las Moiras -nombre que en griego significa "la porción asignada"-, que atendiendo a una de sus genealogías son entidades preolímpicas hijas de Nicte (la Noche), por tanto deidades antiquísimas y primordiales. Son tres hermanas: Cloto ("la hilandera"), la que hila y preside los nacimientos,


La Moira Cloto

Cloto


Láquesis ("la suerte"), la que devana y es patrona de los matrimonios,


La Moira Láquesis

Láquesis


y la tercera, Atropos ("la inflexible"), que corta el hilo de la madeja cuando llega la hora, siendo su dominio la muerte.


La Moira Atropos

Atropos


Se vinculan con el Destino, que juntamente con la Necesidad y la Providencia conforman la trilogía con la que muchos sabios, entre los que destaca Platón, explican el orden del Cosmos, su despliegue y su reabsorción. La "videncia" de la mente divina ve, concibe, diseña, gesta y desarrolla el entramado del universo a través del cual éste se conoce a sí mismo. Y si el Ser se torna consciente de sí al "mirarse" en el espejo cósmico, es de necesidad su manifestación, la cual no tiene otra función que actuar como espejo, haciendo así que toda imagen y símbolo retorne siempre a su fuente, al origen, al Principio, cumpliendo entonces con su destino.


Las Parcas o Moiras actúan como señoras del devenir y velan para que éste se cumpla. Una se ubica en la puerta de entrada del cosmos, y preside los alumbramientos de todos los seres, su acceso a la vida, a la manifestación, y por tanto a la idea de la caída con la que se apareja, a la de la encarnación, la solidificación y el consecuente alejamiento de la esencia espiritual. La segunda preside las indefinidas alianzas a todos niveles que acontecen en el seno del Ser: con el hilo que devana realiza los matrimonios entre lo celeste y lo terrestre, lo divino, lo humano y lo infrahumano, o sea, teje la malla cósmica y sus múltiples relaciones y vinculaciones, tanto descendentes como ascendentes, así como las que se expanden en los planos horizontales. Y finalmente, Atropos, abre y cierra la puerta de la muerte, que simboliza la salida del Cosmos, de lo perentorio, y el acceso el "reino" de la Eternidad; hace cumplir el inexorable Destino de la manifestación, pues, ¿cuál seria el destino de este gran organismo cósmico sino ser un símbolo que debe ser traspasado para acceder a lo Infinito y Eterno, que es lo único real?


Las tres Parcas con el huso y la lanzadera

Las tres Parcas o Moiras


Estas entidades, relacionadas como vemos con el tiempo, imagen movil de la eternidad -tal como decía Platón o los textos del Corpus Hermeticum-, guardan también una vinculación con Jano, deidad que abre y cierra las puertas de la existencia, la de la entrada y la de la salida del Cosmos. El dios romano suele tener un rostro mirando al pasado, otro al futuro y uno tercero invisible, aunque a veces también se explicita, el que corresponde al presente, ese eje vertical análogo a la rueca de las parcas, que engarzando todos los mundos o estados del ser por su centro da la posibilidad de salir de la rueda de la vida y conectar con lo que ya no está condicionado por nada.


Jano, de Bronzino en el Palacio Vecchio

El dios romano Jano


Del No Ser nada puede decirse, pues lo infinito es por naturaleza innombrable, inabarcable, ilimitado; mas lo ilimitado contiene en sí la posibilidad de la limitación, cuya máxima expresión es lo que llamamos Cosmos, Universo o Ser Universal. Este sí puede conocerse, a través de sus atributos, los dioses, entidades que ponen nombre o número al reticulado universal, lo ordenan, marcan sus límites y armonizan todas sus facetas o regiones.


Una de las diosas principales relacionada con esta función constructora o cosmogónica es Atenea-Minerva-Palas, nacida de la cabeza de su padre Zeus-Júpiter, la cual es símbolo de la Sabiduría y la Inteligencia divina, además de regir muchas de las artes y ciencias cuyo desarrollo, escenificación y práctica han organizado la vida de nuestra civilización, siendo también la patrona de la guerra, pero no tanto en el sentido de lucha violenta, sino como estrategia y práctica de la justicia. Proclo, el director de la Academia neoplatónica de Atenas en el siglo V d. C. escribió en Lecturas del Crátilo de Platón acerca de esta misión de Atenea, de su simbólica arquetípica, relacionándola con el arte del tejido y con una de sus herramientas fundamentales, la lanzadera.


"... y que dicen que los Cíclopes son causa de toda producción artística, los cuales enseñaron a Zeus, a Atenea y a Hefesto, y que Atenea preside las demás artes y especialmente el arte de tejer, y que Hefesto es éforo de un arte propiamente distinto, y que el mismo arte de tejer tiene su comienzo en la señora Atenea: 'Esta, en efecto, de los inmortales es la más aventajada de todas en tejer el telar e inspirar trabajos de hilar lana,' dice Orfeo (Orph. fr. 178); y dicen que procede a través de la cadena vivificadora de Core (se dice en efecto [Orph. fr. 192] que ésta y todo su coro, cuando ella permanece arriba, tejen el orden de la vida), y que es participada por todos los dioses encósmicos (pues el demiurgo único exhorta (Tim. 41dl-2) a los demiurgos jóvenes a tejer la forma mortal de la vida con la inmortal), y que se termina en los dioses protectores de la generación, entre los que está también la Circe homérica al tejer toda la vida en un cuádruple orden y al hacer a la vez acorde con sus cantos la región sublunar. Así que también Circe es admitida por los teólogos entre esas diosas hábiles en tejer, áurea ciertamente, como dicen cuando muestran la esencia intelectiva de ella, intacta, inmaterial y sin mezcla con la generación, y su acción: distinguir las cosas estables de las que se mueven, y separarlas con arreglo a la divina alteridad. Si alguien, por tanto, como estaba diciendo, al correr de acá para allá conforme a esas analogías, denominara a las potencias de los dioses causas de esas artes, y a sus resultados, resplandores de esas potencias, que van y vienen por todo el mundo, diría correctamente. En efecto, no hay que hacer depender de Atenea sólo el arte de tejer que está entre nosotros, sino, por delante de éste, el que actúa a través de la naturaleza y une lo generado con lo eterno, lo mortal con lo inmortal, lo corpóreo con lo incorpóreo, lo sensible con lo intelectivo, y hay que contemplar primero en las naturalezas el arte constructiva del universo y cada una de las demás artes. De suerte que también la lanzadera será, análogamente, el instrumento que distingue en todas partes los géneros en que se agrupan los seres, para que, aún estando conectados entre sí, permanezca la división y salvaguarde la realidad simple de sí mismos. Por ello es preciso decir que los artesanos que están entre nosotros actúan al amparo de dioses éforos y protectores, pero que no por eso contemplan a los inteligibles. Pues no obran dirigiendo la mirada hacia aquéllos, sino a las formas que hay en ellos y a las razones que tienen de sus productos artesanales, y esas razones las tienen por haberlos descubierto o recibido de otros. En efecto, el primer demiurgo del lecho (Plat., Resp. X 596b6-10) o de la lanzadera ha concebido cómo debe ser la lanzadera, mirando al uso y conducido por éste, y se ha forjado en sí mismo la razón de la lanzadera. Y los que aprenden de ése conocen la forma y con arreglo a ella hacen la imagen de la lanzadera, y así no te extrañarás de que la recuerden, bien porque la han aprendido por azar en otra vida, bien porque la han descubierto en ese momento, ya sea por la capacidad intelectiva del alma, ya a su vez por reminiscencia. Por tanto, cada artesano tiene la razón de la lanzadera, por la que es así y surge por ésa y conforme a ésa modela la materia exterior. Porque, ¿qué otra cosa es el arte sino lo hecho por arte en el alma del artesano fuera de la materia?" (Proclo, Lecturas del Crátilo de Platón. Ed. Akal, Madrid, 1999, pág. 90-92)


Atenea y Hermes patrones de las Ciencias y Artes

Hermes y Atenea enseñan las artes
y las ciencias a los hombres


Y prosigue el texto desarrollando estas ideas acerca de la operatividad de la mente divina, que adopta el nombre de Atenea, la cual piensa, proyecta, discierne, distingue, establece relaciones analógicas entre todos los órdenes de la existencia y señala al arte y el pensamiento como vehículos de intelección del tejido cósmico :


"Que la lanzadera es imagen de la potencia de los dioses, diferenciadora de lo universal y lo particular; pues imprime en la urdimbre la actividad de aquella potencia y lleva una señal del orden de los dioses diferenciadores. Y siempre que los teólogos reciben lanzaderas de aquéllos, no hablan de una idea de lanzadera, ni se sirven solamente del nombre por convención y a modo de símbolo. En efecto, ¿por qué dicen más bien lanzadera y no otra cosa? Pues, ¿cómo no iba a ser extraño que la ciencia se sirviera de los nombres al azar, dado que esos nombres se refieren a los dioses? Pero a mí me parece que toman tales nombres por analogía. En efecto, lo que es la lanzadera en el arte de tejer, eso es la diferenciación en la demiúrgia de las formas. Y la analogía no es relación de una idea con su imagen, ni es sólo por convención, como cuando Platón llama 'caballos' (Phaedr. 246a8) a tales potencias de las almas, no por casualidad, ni llamando a aquéllas ideas de los caballos perceptibles, sino sirviéndose de la analogía. De donde precisamente también los telestas, por medio de tal propiedad, haciendo acordes a los dioses a las cosas que son de esta manera, utilizan estos instrumentos como señales de las potencias divinas, por ejemplo, la lanzadera, señal de las potencias diferenciadoras, la crátera, de las vivificantes, el cetro, de las hegemónicas, la llave, de las guardianas, y así a propósito de las demás potencias dan nombres sirviéndose de las analogías."
(Proclo, Op.cit. pág. 93-94)


La idea del establecimiento del cosmos no va por un lado ni es ajena a la vida del ser humano. Esta criatura participa de la realidad cósmica, es más, la recrea en su interior, o sea que es un símbolo que reproduce en sí al Ser Universal. Cristina de Pizán, la escritora de finales de la Edad Media embebida del pensamiento analógico y hermético, en su La Ciudad de las Damas, nos presenta a Minerva, una joven griega antiquísima que reunía los atributos de la diosa, encarnándolos:


"Era tan dotada para la ciencia que encontró técnicas desconocidas, en particular, todo lo que se refiere al arte de hilar y tejer. Fue la primera en pensar cómo esquilar las ovejas, carmenar, peinar y cardar la lana con distintos instrumentos, devanar las madejas sobre brocas de hierro y por fin enroscar e hilarla con el huso. También inventó los telares y las técnicas para tejer los paños finos. (...) Esa mujer, que todo lo abarcaba con la inteligencia, se quedó virgen toda la vida. Aludiendo a su castidad tan ejemplar, los poetas imaginaron en sus fábulas que Vulcano, dios del fuego, se enfrentó con ella en largo combate pero que al final fue ella quien se llevó el triunfo. Venció al dios del fuego, es decir el deseo carnal que asalta de modo especial a la juventud. Los atenienses la veneraban y adoraban como a una divinidad, invocándola como diosa de la guerra y del arte de la caballería, así como diosa de la sabiduría en honor a su profunda ciencia.


A su muerte los atenienses levantaron para honrarla un templo, donde erigieron una estatua con la efigie de una doncella que representaba la sabiduría y la caballería. Esa estatua tenía la mirada implacable y aterradora, porque el papel de la caballería es ejecutar las órdenes de la justicia y también porque las intenciones del sabio son misteriosas. Llevaba un yelmo, propio del aguerrido caballero en el campo de batalla, y a su vez porque quedan velados por el secreto los designios de la sabiduría. Iba vestida con una cota de malla, emblema del poder del Estado de la caballería, y para significar también que el sabio va siempre armado contra los hados de Fortuna. Llevaba en la mano un asta o lanza muy larga, figura del caballero, que es punta de lanza de la justicia, y del sabio, que lanza muy lejos sus arrojadizas flechas. Llevaba colgado del cuello un gran escudo o tarja de cristal, el escudo simbolizando la defensa caballeresca y el cristal, la clarividencia del sabio. En el centro estaba pintada la cabeza de la serpiente Gorgona, porque el caballero tiene que ser astuto como la sierpe para desbaratar los planes de sus enemigos, así como el sabio, que sortea todas las trampas. Al lado de la estatua, como vigilándola, colocaron una lechuza, ave nocturna, para significar que de día y de noche el caballero debe andar presto a defender el estado, lo mismo que el sabio a todas horas vigila la verdad. Durante mucho tiempo esa mujer fue objeto de un gran culto y tan lejos se extendió su fama que le dedicaron templos en varios países, varios siglos después; estando su imperio en pleno apogeo, los romanos colocaron la imagen de Minerva junto a los dioses del panteón."
(Cristina de Pizán, La Ciudad de las Damas. Ed. Siruela, Madrid, 2000, pág. 129-133)


Minerva-Pallas, La Ciudad de las Damas

Atenea preside las labores de tejeduría


El ser humano nace para conocer su auténtica identidad; ésta es una necesidad siempre latente, pero no todos los hombres y mujeres la hacen consciente ni eligen el camino de autoconocimiento. Muchos, haciendo uso del libre albedrío, optan por la distración, se conforman con explicaciones cómodas, parciales, fragmentadas; permanecen en el umbral de la puerta o bien amarrados a puerto por el miedo o pereza que les produce emprender el viaje. Otros sí se lanzan a la travesía, pero ante los peligros y tentaciones sucumben y se quedan complacidos o muy frustrados e insatisfechos, tejiendo y destejiendo indefinidamente el tapiz de la existencia, como la Penélope homérica, que de noche deshilaba lo trabajado durante el día para recomenzar la tarea en la jornada siguiente, y así hasta el regreso de Odiseo.



Penélope tejiendo, Palacio Vecchio, Florencia

Penélope en su taller


Pero el quehacer de Penélope tiene una doble significación: por un lado podría leerse como la simple rutina, cada vez más monótona y estéril, un gesto automático que transpuesto a la vida del ser humano convierte su existencia en una prisión sin sentido ni escapatoria, y relacionado con el devenir del universo, en una concepción mecánica y rígida de la "gran máquina del Mundo". Aunque se admite otra lectura: se trataría en este caso de una estrategia que en su dimensión ritual y aplicando las precisas leyes de la cosmogonía, haría que Penélope (y como ella cualquier ser humano) generase y erijiese cada día el mundo, la obra creacional simbolizada por el tapiz, e inmediatamente lo destruyera, repitiendo así el movimiento de expansión y de contracción por el que toda la manifestación retorna a su Principio. Con el albor de una nueva jornada se iniciaría otro ciclo, donde todo sería nuevo y regenarado, pues aunque el modelo y la ley son arquetípicas, su expresión y producciones resultan siempre vírgenes; así es la vida del Ser, que se expresa a través del espacio y del tiempo, los cuales no son algo mecánico ni un fin en sí mismos, sino un espacio y un tiempo vivos, cualitativos, significativos, que al marcar unos límites permiten ser trascendidos. De hecho, Penélope teje y desteje el sudario de su suegro Laertes ritualizando de este modo el gesto o latido prototípico del universo y de sí misma, pero cuando regresa su marido y lo reconoce gracias a la señal secreta que sólo ambos saben, se libera de toda dualidad (simbolizada por el hilado y el deshilado), o sea de la obra demiúrgica, y puede acceder al estado de Unidad.


Penélope esperando el retorno de Ulises, Escuela de Siena

Penélope tejiendo y destejiendo


"'...pues hay una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y nadie más. Había crecido dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que brillan de púrpura.


Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.'


Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le había manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando hacia él y echó sus brazos alrededor del cuello de Odiseo..."
(Homero, Odisea. Ed. Catedra, Madrid, 1998, pág. 376)


Y aún pueden ir más allá. Hay una salida de este telar cósmico. Como se sabe, el olivo sobre el que Odiseo levantó el lecho nupcial que ha permanecido intacto durante su ausencia es el árbol de Atenea, el mismo que crece en lo alto del puerto de la isla de Itaca al lado de la cueva, que es una imagen del Cosmos. Esta cueva tiene dos puertas. Una adentra en la manifestación; otra es la de los dioses, el umbral que atravesado da acceso al reino de la Inmortalidad.


Pero este proceso de retorno al origen que se abre a lo Eterno es muy largo, implica lo que se denomina "deificación", o sea ir traspasando todos los velos de la manifestación a medida que son conocidos o nombrados; despojarse de ropajes, "separar lo espeso de lo sutil, suavemente y con todo cuidado" como dice la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto. La mitología esta cuajada de imágenes que evocan estas transmutaciones, realizadas de maneras insospechadas, tal cual aquel pasaje de los amores adúlteros de Venus y Marte, que descubiertos por el Sol, son atrapados en una fina red tejida por Hefesto. Si vemos en Marte el símbolo de la fuerza irracional y la corporalidad y en Afrodita el símbolo del alma que cuando se encarna anida en un cuerpo y es desde esta ubicación que puede iniciar el retorno a su origen en la medida que se va purificando, entonces esas redes de Hefesto que inmovilizan a los amantes, permiten separarlos y hacer que cual retorne a su hogar. Marte al mundo material e irracional, y el alma, liberada de los nudos de la concreción y solidificación, emprende entonces la escalada hacia su auténtica morada.


Venus y Marte sorprendidos en la red de Vulcano de Cedini, Palacio Emo, Padua

La red de Hefesto atrapa
e inmoviliza a los amantes


"Se cree que este dios vio el primero el adulterio de Venus con Marte: este dios ve el primero todas las cosas. Se afligió con tal hecho y mostró al marido hijo de Juno el adulterio de su lecho y el lugar del adulterio. Y a él se le fue el pensamiento y el trabajo que sostenía su mano de herrero: al punto, pule unas finísimas cadenas de bronce y redes y lazos que puedan engañar a la vista (ese trabajo no lo superan los más delgados hilos, no las telarañas que cuelgan de lo alto de la viga) y hace que actúen al más ligero contacto y al más pequeño movimiento, y con su técnica las coloca rodeando el lecho. Cuando la esposa y el adúltero llegaron al lecho para unirse, por el arte del marido y por las ataduras preparadas con una desconocida técnica, quedaron quietos ambos apresados en mitad de sus abrazos."
(Ovidio, Metamorfosis. Ed. Catedra, Madrid, 2001, pág. 321-322)


La lanzadera sube y baja. Su descenso, como hemos visto, señala el camino de la manifestación, la encarnación, la humanización y toda su organización que da nacimiento a una cultura. Cuando el ser humano aplica las leyes cosmogónicas a su vida y quehaceres, todo deviene un rito y un soporte de conocimiento. En este sentido, hay otro mito significativo que tiene como protagonistas a Atenea y Aracne. Esta joven es el prototipo de la mujer inteligente e industriosa que cumple con una función ordenadora y civilizadora. Diestra artesana, trabaja con las manos y se suma así a la obra creacional, lo que recuerda la simbólica del arcano XI del Tarot, la Fuerza, de la que Federico González en su libro Tarot (mtm-editores, Barcelona, 2008) dice:


"Vemos aquí a una bella mujer, que sin esfuerzo aparente, y sin ejercer ninguna violencia, abre las fauces de un león, dominándolo. Simboliza a la fuerza de la inteligencia capaz de dominar las pasiones gracias al fuego interno del amor y de la voluntad. El hecho de representarlo con una figura femenina nos indica que no se trata de una fuerza bruta o física, sino más bien de una energía sutil, como la de la mente, muy superior en calidad y elevación. Esta carta significa el influjo espiritual que penetra los cuerpos, transformándolos. La materia alquímica ya está preparada, y el fuego de la pasión se enciende para dar inicio a la obra de la transmutación; ésta podrá lograrse si el fuego permanece encendido. Se relaciona también con el quehacer manual y con la industria, y nos enseña a aceptar la responsabilidad que implica el trabajo interior."


La Fuerza


En cuanto a la Aracne mítica, señala Ovidio:


"Su ingenio era prodigioso; inventó el procedimiento de teñir las madejas de lana de distintos colores para tejer tapices como si se tratara de pintar, gracias a la técnica del lizo, es decir, dividiendo el estambre en finos hilos. Era muy hábil en el arte de tejer, y cuenta la fábula de su rivalidad con Palas, que por despecho la transformó en araña.


Esta mujer descubrió unas artes más útiles aún como las del cultivo y recogida del lino y del cáñamo: como dejarlos enfriar en la alberca, como agramar y rastrillarlos para separar las fibras y luego, por fin, hilar con la rueca y tejer la tela. Me atrevo a afirmar que estas técnicas resultaron indispensables para la humanidad aunque haya hombres que desprecian a las mujeres por practicar estas artes.


A Aracne también se le debe el invento de las redes de pescar y de los lazos y las trampas para el venado y otras fieras de caza mayor, así como las destrezas para coger pájaros, conejos, y liebres con unas técnicas antes desconocidas. Me parece que no fue poco el servicio prestado por esa mujer a la humanidad, dotándola de las artes de la caza y la pesca, tan placenteras como provechosas."
(Cristina de Pizán, Op. cit. pág. 138)


Atenea y Aracne de Tintoretto

La diosa y la mortal


Pero cuando lo humano se mide con lo suprahumano, por soberbia, estupidez o ignorancia tiene las de perder. Lo suprahumano no es un "derecho" que el hombre pueda reclamar, ni mucho menos comprar o exigir. Es cierto que lo supranatural habita en el ser humano, lo conforma, pero tomar conciencia de ello y conocer esos estados de conciencia superiores, universales y arquetípicos, implica desapegarse de concepciones limitadas y erróneas que tienen un comun denominador: el punto de vista de una dualidad irresoluble. Se trata, pues, de acallar la razón y reconocer su limitación, de dejar de acreditar en la psicología (y el ego individual), de no confundir lo suprahumano con todas las variantes de lo fenomenológico: la parapsicología, la telepatía y cualquier magia de intenciones posesivas, etc. O sea, nacer a una nueva concepción.


Aracne se niega a reconocer esta procedencia divina de todo saber y conocimiento, y por ello la diosa Atenea la reta:


"Insiste en su intención y, con el deseo de una estúpida victoria, se precipita a su destino; pues la hija de Júpiter no se niega, ni le hace más advertencias ni aplaza ya la contienda.


Sin dilación, ambas colocan dos telas de fina urdimbre en lugares apartados y las tensan: la tela está sujeta con el rodillo, el peine separa la urdimbre, se mete en el centro de agudas lanzaderas la trama que los dedos preparan y llevada entre los hilos la apisonan los serrados dientes del peine contra el que golpean. Las dos se apresuran y, ciñendo el vestido al pecho, mueven sus hábiles brazos con un afán que burla el cansancio. (...) Palas borda en la ciudadela cecropia el peñasco de Marte y la vieja disputa por el nombre del territorio. Doce dioses celestiales, con Júpiter en el centro, se asientan en altos sitiales con augusta gravedad; a cada uno de los dioses lo distingue su propio aspecto..."
(Ovidio, Op. cit., pág. 387-388)


Atenea coloca luego en las cuatro esquinas de su tela la derrota de los mortales que habían osado medirse con los dioses. Por su parte, Aracne teje muchas de las metamorfosis de diversos dioses, sobre todo las de Zeus, y los artificios para poder unirse con diosas y mujeres:


"No podría Palas, no podría la Envidia denigrar aquella obra; la rubia doncella varonil se dolió del éxito y rasgó las ropas bordadas, acusaciones contra los dioses, y, según sujetaba una lanzadera procedente del monte Citoro, golpeó tres o cuatro veces la frente de la idmonia Aracne. No lo soportó la desventurada y, llena de valor, se ató la garganta con un lazo. Palas, compadecida, sostuvo a la que colgaba y le dijo así: '¡Manténte viva aún, pero cuelga, desvergonzada, y que este mismo tipo de castigo, para que no estés libre de preocupación por el futuro, sea dictado para tu linaje y tus lejanos descendientes!'.


Después, apartándose, la roció con los jugos de una hierba de Hécate, y al punto sus cabellos, tocados por la funesta poción, se desvanecieron y junto con ellos la nariz y las orejas, y su cabeza se redujo al mínimo y también es pequeña en la totalidad de su cuerpo; en su costado están clavados unos endebles dedos en lugar de piernas, el resto lo ocupa el vientre, del que, sin embargo, ella deja salir el hilo y como una araña trabaja las antiguas telas". (Ovidio, Op. cit. pág. 392-393)


Aracne, La Ciudad de las Damas

Aracne pende de la soga


Hay que sacrificar lo humano (y no caer en la literalidad del asunto) para experimentar lo suprahumano y ni que hablar de lo supracósmico. Muerta Aracne, se perpetúa su enseñanza en la araña, animal que teje telas en círculos concéntricos entorno a un centro inmutable e invisible, con un hilo que fabrica y sale de sí misma, y que le permite realizar un recorrido axial, pues tan pronto la vemos descender como ascender rápidamente hasta el techo, tal cual el recorrido del alma, que al entrar en el cosmos, cae y cae hasta su encarnación, y de ahí inicia el camino contracorriente a la conquista de su libertad, que la llevará, si es valiente, generosa, paciente y sabia, a rasgar la clave de bóveda, produciéndose el despertar en su auténtica morada, como expresa la leyenda de la Bella Durmiente del bosque. Ya que es posible ver al alma como sumida en un sueño, el de la existencia, a la que se precipita cuando la joven princesa se pincha con el huso, abismándose cada vez más en el olvido... del que despierta cuando Amor la besa. Así recupera la memoria del Origen y la posibilidad de salir de los estrechos límites del Universo. Con lo cual se trata de redireccionar la visión, o como apunta Federico González en la Carta al Lector de la Revista Symbolos Nº 31-32, de realizar un viaje contracorriente:


"O sea, que habiendo puesto nuestra Voluntad (libre albedrío) al servicio de la Providencia -interviniendo en ello la fe- accedemos a un Destino que ha sido nuestra Necesidad. Pero una vez que comprendemos ese Destino, es cuando se traduce en términos de Voluntad -a ese Destino- y éste es capaz de llevarnos nuevamente a su fuente inspiradora, es decir a la Providencia Divina -que lo es todo-, y ser absorbidos por su Inteligencia, en íntimo contacto con su Sabiduría. Esta inversión nos daría una pauta, tal vez sorprendente para quienes consideran la historia sólo desde un punto de vista lineal y de desarrollo indefinido. Es decir, que pudiéramos estar condicionados por nuestro futuro, tanto como por el pasado. Igualmente esta actitud capaz de liberarnos de la pesada carga de una concepción falsa podría ser liminar en cuanto a una nueva visión de lo simultáneo".



Fresco con Atenea de Luca Giordano, Palacio Medici Riccardi, Florencia

Atenea corre y descorre el manto celeste,
vela y desvela la realidad metafísica


 

Primavera 2010


Diosas tutelares de la fertilidad,
los nacimientos, muertes y renacimientos


"La Primavera", Sandro Botticelli, Galeria de los Uffizi, Florencia

El círculo de la Vida en el lienzo
"La Primavera" de Sandro Botticelli


Todas las diosas son facetas de la diosa, energía complementaria a la del dios, pareja arquetípica con la que se expresa la polarización de la Unidad, del Principio del cosmos, al que no se dará el nombre de "Dios" dado los equívocos a que se ve sometida hoy en día esta palabra.


La diosa simboliza al principio femenino del Universo. La suya es una energía pasiva, receptiva y a la vez restrictiva. Es la substancia indiferenciada que al ser fecundada gestará y dará vida a todos los seres de la manifestación, y a ella le pertoca instaurar los límites imprescindibles para que todo sea. La fecundidad y la generosidad la caracterizan, y también el rigor, la destrucción y la muerte.


Todo lo manifestado está sometido a la ley cíclica, -una ley universal-, que se expresa por un nacimiento, crecimiento, madurez, senectud y muerte, la cual se abre inexorablemente a un nuevo ciclo. En esta rueda de la vida, a la energía femenina le corresponde la función matricial: ser un receptáculo que acoge las semillas y les da cobijo, las nutre y desarrolla y una vez completado su desarrollo, las alumbra a un nuevo estado. Da la vida, pero también la muerte, pues ya se sabe que todo lo que nace, muere. La diosa es pues virgen, esposa, y madre; hija y nodriza; comadrona y portadora de la guadaña. Todo simultáneamente, tal su función cósmica.



Carta III de los Arcanos Mayores del Tarot de Marsella

El arcano de la Emperatriz simboliza
al principio femenino del cosmos


Desde esta perspectiva, ¿tendría algún sentido empezar a hacer un inventario de las diosas de aquí y de allí, y de sorprenderse de los innumerables puntos de contacto entre sus atribuciones y gestas míticas? La propuesta en estas páginas es la de abandonar la visión analítica, comparativa y partidista y abrirse a una concepción mucho más amplia y universal.


La pura potencialidad femenina no daría ningún fruto de no ser fecundada por el principio masculino; a su vez, la semilla activa no se desarrollaría sin un receptáculo que la recibiera. He aquí la simbólica de la cópula sagrada, de la unión del dios y de la diosa que operada a los distintos niveles de la manifestación engendrará las innumerables producciones cósmicas.

La diosa egipcia Nut cubriendo a Geb

La diosa Nut (cielo) cubriendo al dios Geb (tierra)
dispuesto a penetrarla


Papiro erótico de Turín

Inseminación cósmica


Michael Maier, Atalanta Fugiens, epigrama XXXIV

El Sol y la Luna,
como símbolos de los principios masculino y femenino,
copulando en la caverna matricial


Fresco de una casa de Pompeya

El hombre y la mujer reproducen el acto cosmogenésico


Afrodita, Venus o Ishtar son distintos nombres de la diosa del amor; Core, Perséfone o Proserpina simbolizan la virginidad; Artemisa-Diana e Ilitía, siendo también doncellas, presiden paradójicamente los partos y los nacimientos. Gea, Cibeles, Tlazolteotl, Caguana, Hathor, etc. son representantes de la fertilidad y la fructificación, así como también Deméter-Ceres e Isis, que además simbolizan al arquetipo de la madre. Deidades que reúnen todas las cualidades de lo femenino, y que bajo un disfraz u otro acentúan alguna de sus facetas, aunque en realidad se sintetizan en un único arquetipo. El poeta Orfeo, en uno de sus "Himnos", invoca y canta con estas palabras a la diosa de muchos nombres:


"Oh Naturaleza, diosa creadora de todas las cosas, madre fértil en recursos, celestial, venerada, multicreadora deidad, soberana, que todo lo dominas, indomable, conductora, toda resplandeciente; todopoderosa, honrada y excelsa entre todos, inmortal, primigenia, desde antaño celebrada, ilustre, nocturnal, experta, portadora de luz, incontenible, que trazas en silencio la huella con la articulación de tus pies, sagrada, ordenadora de los dioses e inacabado fin. Común a todos y única que no admite comunicación; autoengendrada, sin padre, amable, jocosa, augusta, florida, entrelazadora, amistosa y compleja, industriosa, guía y señora vivificadora, nutricia doncella de todos, autosuficiente, justicia y renombrada persuasión de las Gracias, soberana etérea, terrenal y marina. Amarga para los malévolos y dulce para los dóciles, sapientísima, bienhechora, cuidadora, soberana absoluta, promotora del crecimiento, efectiva resolutora de las maduraciones. Tú eres padre, madre, criadora y nodriza de todos, activadora del parto, bienaventurada, fértil, impulso perfeccionador de las cosas; beneficiosa para todas las artes, modeladora, multicreadora, deidad marina, eterna, engendradora de movimiento, expertísima y prudente, que haces girar, en perenne remolino, el rápido curso de agua, y por todas partes discurres. Redondeada, que te renuevas por tus cambios de forma, de hermoso trono, apreciada; sola finalizas tus proyectos, poderosísima, que bramas por encima de los reyes, intrépida, que todo lo domas, destino fijado, inflamada. Vida eterna e inmortal previvión. Tú eres todo, pues tú sola produces todo esto. Por ello te suplico, diosa, que, con suma felicidad y en momento oportuno, traigas paz, salud y el progreso de todas las cosas". (A la Naturaleza, Himnos Orficos, Ed. Gredos, Madrid, 1987)


Isis tal como la describe Apuleyo. A. Kircher, 1652

Isis, la gran diosa madre que las reúne a todas:
Minerva, Venus, Juno, Proserpina, Ceres, Diana, Hécate...


De hecho, la Isis egipcia adoptada en toda la ribera del Mediterráneo con otros nombres, es también un símbolo del principio femenino y sus funciones, por eso Plutarco en su Ethika dice:


"Isis es, pues, la naturaleza considerada como mujer y apta para recibir toda generación. Este es el sentido en que Platón la llama 'Nodriza' y 'Aquella que todo lo contiene'. La mayor parte la llaman 'Diosa de infinitos nombres', porque la divina Razón la conduce a recibir toda especie de formas y apariencias. Siente amor innato por el primer principio, por el principio que ejerce sobre todo supremo poder, y que es idéntico al principio del bien; lo desea, lo persigue, huyendo y rechazando toda participación con el principio del mal. Aunque sea tanto para el uno como para el otro materia y habitáculo, se inclina siempre voluntariamente hacia el mejor principio; a él se ofrece para que la fecunde, para que siembre en su seno lo que de él emana y lo semejante a él. Se regocija al recibir estos gérmenes y tiembla de alegría cuando se siente encinta y llena de gérmenes productores. En efecto, toda generación es imagen en la materia de la substancia fecundante, y la criatura se produce a imitación del ser que le dio la vida."


No hay pueblo, cultura o civilización que no invoque a la fecundidad con sus cantos, himnos, danzas o amuletos, en definitiva a través de símbolos y ritos que actualizan esta energía, necesaria para que la rueda de la existencia se perpetúe en un movimiento siempre renovado. En el Antiguo Egipto, y en innumerables culturas, se buscaba atraer la fertilidad y la protección sobre todo aquello relacionado con el reciclaje de la vida, tal los instantes de tránsito de un estado a otro, como el del nacimiento de una nueva criatura, que se ponía bajo la advocación de entidades que reunían en sí lo gracioso y benéfico con lo terrible y desgarrador del alumbramiento. De ahí el aspecto grotesco, provocativo y a la vez simpático de muchos de estos símbolos condensadores de la poderosa energía de la vida y de la muerte, los cuales ejercían una acción facilitadora y protectora, ahuyentando a su vez las influencias nocivas.


Estatuilla en arcilla de Bes

Bes, amuleto egipcio de la fecundidad y la sexualidad,
es además el protector de los alumbramientos


Lo mismo cabe decir de los lares y penates, entidades protectoras del hogar entre los romanos, a los que dedicaban un lugar especial en la casa, un pequeño templo o altar donde se depositaban las estatuillas o bien se las pintaba en frescos. Entre ellos queremos destacar a los relacionados directamente con el período de embarazo de la mujer, el parto y el primer crecimiento del niño. Así tenemos a Carmenta, la protectora del parto, juntamente con sus hermanas Antevorta y Posvorta (con la misma función aparece la Lucina sabea o la Ilitía griega). Alemona, diosa encargada de alimentar al niño en el vientre materno; Decima, la diosa que protege a la madre y al hijo en el último mes de embarazo; Diespiter, dios que conduce al niño hacia la luz, justo en el momento de salir del vientre materno y Candelífera, la diosa a la que se enciende una candela de cera llegada la hora del parto. Cuva y Cunina, diosas que cuidan al niño en la cuna; Genita Mana, diosa del nacimiento y de la muerte; Intercidona, diosa provista de un hacha que vigila la puerta de la casa para evitar que Silvanus atormente a la madre durante el sueño; Rumina, la diosa que enseña al niño a mamar, y les siguen un largo etcétera de entidades que presiden cada una de las habilidades y capacidades que se van desvelando y desarrollando en el niño, desde los primeros balbuceos, hasta la articulación de palabras, el fortalecimiento de huesos y músculos, así como el aprender a andar, a cantar, a calcular, a contar, a salir y volver solo de la casa y muchas y muchas más; actividades y procesos que están estrechamente vigilados, protegidos y auspiciados por las energías invisibles que pueblan el universo sagrado.

Capilla con lares en una casa de Pompeya

Lararium pompeyano en el que figuran
Hestia, Hermes y otros dioses protectores


Pero tal fertilidad y fecundidad no sólo se expresa en la tierra produciendo toda clase de mieses y frutos, o favoreciendo la reproducción y crecimiento de los animales y de los seres humanos, sino también en las manifestaciones culturales, intelectuales y artísticas. Y sobre todo se trata de despertarla y abonarla en el alma. De hecho, el ánima puede ser un campo yermo y muy estéril o bien una "tierra" apta para ser fecundada por los efluvios del intelecto, los que la harán nacer a otras posibilidades de sí misma.


Diosa de la fecundidad de la cultura Valdivia, Ecuador

Diosa de la fecundidad
de la cultura Valdivia, Ecuador


Diosa Caguana de la cultura de los Taínos

Diosa Caguana de la fertilidad,
indígenas taínos


Venus de Grimaldi, Museo de Antigüedades de la Nación, St. Germain en Laye

Venus de Grimaldi,
c. 2000 a. C.


Y no nos referimos sólo al alma del microcosmos o del hombre, sino también a su análoga, el alma del mundo, esa realidad invisible que a modo de bisagra entre lo concreto o material y el espíritu, es un campo fértil, dúctil y maleable si se deja inseminar por las influencias celestes. En el alma se expresa la vida del cosmos. Y en este universo todo lo creado está signado por el ciclo cuaternario.


¿Cómo opera el ciclo? ¿Cómo lo transmite el mito? ¿Cómo se vive en el alma? ¿Cómo no quedar atrapado en la reiteración que engarza un período tras otro? A través de la Iniciación. Nacer al estado humano es el primer nacimiento. Desde este momento, se puede vivir una existencia lineal, anecdótica y cronológica sin salir de los estrechos márgenes de lo simplemente humano, siempre sometido a cambios y vicisitudes sin que en realidad nada cambie y todo termine al agotarse esa corporalidad, o bien se puede despertar a otras posibilidades latentes en el interior del ser humano.


Este es el segundo nacimiento. No hay cultura que no conserve sus ritos iniciáticos, incluso en la actualidad, aunque hoy se hallen despreciados y se intente confundirlos con pseudoiniciaciones y desviaciones de todo tipo. Los cultos mistéricos de Isis y Osiris en el antiguo Egipto, los de Mitra y Cibeles en el Próximo Oriente, los de Eleusis y Dioniso en Grecia, así como los de los Cabiros en Samotracia, etc., por referirnos sólo a algunos de los más cercanos, han abierto las puertas al segundo nacimiento a miles de seres humanos atraídos por el conocimiento de su identidad y de la del cosmos.


En el rito iniciático y su posterior efectivización, el iniciado revive en el alma los mitos arquetípicos protagonizados por los dioses y las diosas. Ellos ejemplifican su propio proceso regenerador y liberador. Y aquí en Occidente, los de la diosa Deméter, su hija Perséfone y su esposo Hades, así como los de Dioniso y otras entidades, fueron, y son, los relatos míticos entorno a los cuales se articuló la transmisión de la enseñanza tradicional, que al operar sobre el alma de los hombres y mujeres que libremente los acogían, experimentaban una auténtica transmutación interior.


Todo el proceso empieza imprescindiblemente por una muerte. Sin muerte no hay renacimiento. Se trata de dejarlo todo, todo lo que uno creía ser, aquello en lo que acreditaba, las convicciones, creencias, fantasías, ilusiones; la inmensa amplitud de la ignorancia. Vaciar la copa. Devolver el alma a su estado virginal.


Mosaico de una casa de Pompeya

Las alas del alma entre
la rueda de la vida y la muerte


Eso es precisamente lo que simboliza Perséfone (o Core o Proserpina), la que danza alegre por los prados en compañía de las ninfas y las Gracias recogiendo flores, sin ningún prejuicio, ni preocupación, ni apego. La virginidad, no como una cuestión física o teñida de moralinas sino como un estado del alma. Pero de pronto irrumpe Hades, el rey del inframundo que la rapta y conduce con su carro hacia sus dominios, convirtiéndola en su esposa.


El rapto de Perséfone de Bernini. Villa Borghese, Roma

El rapto de Perséfone


Como la semilla, que cae dentro de la tierra y se pudre para germinar como nueva planta, el alma simbolizada por la joven doncella se sumerge en las profundidades de sí misma y transita por los corredores de la oscuridad, donde deberá disolverse y retornar a un estado de indiferenciación. Y es justamente en el seno de la Mater Genitrix, análoga a la matriz de la mujer o del cosmos, donde es iniciada en los misterios de la sexualidad, de la cosmogénesis. Este no es un proceso suave, sino brusco y violento, y no exento de temor, como bien lo simboliza el rapto. Perséfone se aterroriza ante lo desconocido. Se sabe también que en los ritos dionisíacos, las jóvenes contemplaban el falo primordial escondido tras un velo, tal como está reflejado en uno de los frescos de la sala de los misterios de una villa de Pompeya.


Fresco de la sala de los misterios

Una joven está a punto de desvelar el falo


El culto al falo, al eje axial emisor de las semillas que penetrarán en el receptáculo vacio fecundándolo, está extendido por todos los rincones del Mediterráneo. Príapo es la deidad que lo simboliza; de hecho a éste se lo invocaba en los ritos de fecundidad y se lo ubicaba en huertos y jardines para atraer su poder. Formaba también parte del cortejo de Dioniso y se lo representaba con el miembro viril erecto y de dimensiones desproporcionadas. Hipólito de Roma, en su obra Refutatio, habla también de un Hermes de origen egipcio en estos términos:


"Los griegos recibieron este misterio de los egipcios y lo custodian hasta el día de hoy. Lo veneran como el intérprete y artífice de lo que era, es y será, y se levanta representado bajo esta forma, esto es, con el miembro viril mostrando el impulso de las cosas inferiores hacia las superiores. En el templo de Samotracia se levantan dos estatuas de hombres desnudos, con ambas manos extendidads hacia el cielo y erecto el miembro viril al igual que la estatua de Hermes en Cilene. Dichas imágenes representan al hombre primigenio y espiritualmente regenerado, en todo consubstancial a aquel hombre". (Refutatio, V, 8.10)


Ofrendas a Príapo


Y ya se sabe que Hermes es el promotor de la iniciación, el que acompaña en la muerte iniciática y en el renacimiento del nuevo ser, del "neófito" o nueva planta, que es justamente lo que significa la etimología de esta palabra. En lo más recóndito y oculto del interior de la tierra, el alma cumple sus esponsales, se libra a la fecundación del espíritu. El fuego que Hades o Plutón simboliza es el fuego del espíritu en sus dominios más inferiores, entendido como el fuego del amor, de la pasión, que tiene la fuerza necesaria e imprescindible para impulsar al ánima hacia su origen, en un viaje que a partir de ahora será ascendente, buscando siempre la luz y su origen increado. Hermes se encuentra siempre en las encrucijadas de este viaje para guiar todo el proceso.


Cumplidas las nupcias subterráneas, la planta empieza a germinar. El gallo, animal asociado a Hermes, anuncia la próxima salida del sol, análoga a la salida del tallo por encima de la tierra para seguir ahora su recorrido aéreo. Igual para el alma: muerta a su condición profana, renace integrada en su ser, en el seno del Ser Universal, e inicia entonces un proceso que la ha de llevar gradualmente a la experiencia o vivencia de los distintos estados de conciencia, en los que se reconocerá, universalizándose, hasta su total reintegración al Principio de donde en verdad nunca ha salido.


Perséfone y Hades, Locri, Italia, c. 480 a C.

Perséfone y Hades con sus ofrendas:
las espigas, las granadas y el gallo


Durante el tiempo de reclusión, muerte y celebración de las nupcias secretas previas a la regeneración y eclosión, el mito explica que Deméter, la madre de Perséfone, la busca desconsoladamente atravesando la inmensidad de la tierra, y tal es su cólera y tristeza al no encontrarla que a su paso todo deviene estéril y yermo; los campos, árboles y plantas dejan de fructificar. Todo parece haber muerto. Peligra la vida sobre la tierra. La diosa consigue averiguar gracias a Helios el paradero de su hija, y tras rogar a Zeus que interceda por la liberación de Perséfone, finalmente el dios del rayo envía a Hermes con la misión de rescatarla. Lo consigue, pero antes de que Hades acceda a devolverla a su madre, le hace comer algunos frutos del granado, con lo cual queda sellada su unión para siempre. Es por ello que Perséfone se verá siempre obligada a retornar con su esposo cada invierno, lo que es el garante para que todo se regenere, pues como decíamos es imprescindible pasar por la muerte y putrefacción para que renazca cualquier nueva posibilidad.


"Retorno de Proserpina", Frederic Leighton, 1891

Reencuentro de Perséfone y Deméter
facilitado por Hermes


El Himno Homérico a Deméter es uno de los testimonios tradicionales que relata con más precisión todo este proceso arquetípico, y así dice cuando finalmente se reencuentran madre e hija:


"De repente, a Deméter, mientras tenía a su hija querida entre sus brazos, el corazón le presagió un engaño y le hizo temblar terriblemente, cesando en sus muestras de cariño, interrogó a su hija con estas palabras:

'Hija, ¿has tomado algo de alimento mientras estabas abajo? Dímelo, no lo ocultes, para que lo sepamos las dos; si no ha sido así, habiendo ya regresado del terrible Hades, habitarás junto a mí y junto a tu padre el Cronión, que amontona negras nubes, honrada por todos los inmortales. Pero si has probado algo de comida allí, tendrás que regresar a los dominios ocultos bajo tierra y vivir allí una de las tres estaciones, año tras año; las otras dos, junto a mí y los demás inmortales. Cada vez que la tierra se llene de flores fragantes de la primavera, ascenderás nuevamente de la negra oscuridad; ¡Gran maravilla para los dioses y los mortales hombres! Dime con que treta te engañó el poderoso Aidoneo que a muchos recibe'.


Respondió a su vez la hermosísima Perséfone:


Pues bien, Madre, te contaré todo lo sucedido. Cuando se presentó Hermes, rápido y benéfico mensajero, de parte de mi padre Cronida y de los demás dioses celestiales, a rescatarme del Erebo, para que tú, al verme con tus propios ojos, depusieras tu ira y tu terrible cólera contra los inmortales, en seguida, salté de alegría, pero él, furtivamente, me obligó a tomar una semilla de granada, dulce manjar, contra mi voluntad y a la fuerza."
(Himnos Homéricos, A Deméter, Akal, Madrid, 2000)


De esta manera, el mito revela el ritmo con el que se sella todo ciclo: muerte, nupcias secretas, fecundación, germinación de posibilidades latentes, nacimiento a un nuevo estado, crecimiento, fructificación, madurez, plenitud y una imprescindible muerte para que todo se recicle, no de forma idéntica sino análoga, en un nuevo período que a su vez llevará impresa su manifestación circular.


Pero, ¿cómo salir de la inexorable rueda de las renovaciones? Primero conociéndola, viviendo de verdad este proceso en el interior del alma; y segundo o simultáneamente, no identificándose con la periferia de la rueda sino con el centro inmutable, que aún siendo el origen del movimiento, no participa de él, lo cual se traduce en ubicarse, -ser-, el centro uno y único de donde todo emana. El mito de Deméter dibuja esta rueda, y también representa la idea de la enseñanza como vehículo para liberarse de la cadena de los mundos. Hay dos momentos del mito en los que se ve claramente esta función transmisora, tan es así que los antiguos misterios de Eleusis fueron durante más de dos milenios la puerta de entrada a la iniciación y a realización espiritual para miles de hombres y mujeres de Occidente.


El primero es cuando la diosa, vagando por toda la tierra en busca de su hija, llega al palacio del rey Céleo y la reina Metanira y ambos le encomiendan la educación del príncipe Demofonte. Dice el canto Homérico:


"Deméter lo ungía con ambrosía, como si hubiera nacido de un dios, mientras soplaba dulcemente sobre él y lo estrechaba contra su pecho. Por las noches, lo escondía en el vigor del fuego, como si fuera un tizón, a escondidas de sus padres; ellos estaban profundamente admirados, al ver cómo iba creciendo, lleno de vida, y se asemejaba en su aspecto a los dioses.


La diosa lo hubiera hecho inmune a la vejez y a la muerte si Metanira, la de bella cintura, con su necedad, no lo hubiera descubierto, espiando por la noche desde fuera de la olorosa habitación".
(A Deméter, op. cit.)


El miedo y la ignorancia humana pueden interrumpir el proceso de deificación; son peligros que siempre acechan al iniciado, pero la diosa no cierra las puertas definitivamente al que se entrega de corazón, al contrario:


"Pero ¡ea! que todo el pueblo me levante un gran templo y, en él, un altar, cerca de la ciudad y de la inaccesible muralla, por encima del Calícoro, sobre un saliente de la colina. Yo personalmente os instruiré en los misterios para que, después, vosotros, realizándolos con toda pureza, aplaquéis mi espíritu". (ibid.)


Triptolemo con las espigas rodeado de las dos diosas

Triptólemo, uno de los primeros iniciados
en los misterios eleusinos


Otro momento del mito en el que ha quedado grabado que su función instructora es el camino hacia la liberación es el siguiente:


"La diosa, poniéndose en camino, fue a mostrar a los reyes que administran justicia, a Triptólemo, a Diocles, domador de caballos, al fuerte Eumolpo, y a Céleo, caudillo de pueblos, las normas del ritual sagrado, y les dio a conocer los solemnes misterios, venerables, que no se pueden, en modo alguno, profanar, indagar, ni divulgar, pues el gran respeto por los dioses enmudece la voz. ¡Dichoso, entre los hombres que están sobre la tierra, el que ha contemplado los ritos!, pues el no iniciado en estos misterios, el que no participa en ellos, nunca tendrá un destino semejante, ni siquiera después de muerto, bajo la sombría tiniebla". (ibid.)


Ciertamente, la salida de la rueda de las mutaciones, de la existencia, de los mundos que se engarzan, de los ciclos que se encadenan, pasa por encarnar el Conocimiento. Conocer la cosmogonía, el orden interno del cosmos, sus leyes, sus grados, escalar los círculos del pensamiento hasta el principio. Ser lo que se conoce. Es imprescindible para iniciar este viaje estar dispuesto a traspasar un umbral: el que separa la concepción profana de la sagrada. Y aquí, en esta primera puerta, la guardiana es Artemisa o Diana, conocida también con el epíteto de Ilitía y Protirea (palabra que significa "la que está delante de la puerta"). No es de extrañar que se nos presente como virgen, pues ya se ha dicho que es imprescindible promover esta cualidad en el alma para nacer a una nueva realidad, pero paradójicamente es la entidad que facilita el parto, o sea, el alumbramiento.


Estatuilla de Artemisa

Artemisa, patrona de los partos


Protirea reina sobre la noche, regula los fluidos y mareas, el crecimiento de las plantas, de los miembros, de las uñas, los pelos, los frutos... Provoca las crecidas y las roturas de las aguas (las acumuladas en las nubes, en los ríos, las matriciales, etc.), y ya se sabe que allí por donde corre el agua hay vida, y fecundidad, por eso se la ve como una intercesora, una facilitadora, un puente. Orfeo la canta con estas palabras:


"Escúchame, venerable diosa, deidad de múltiples advocaciones, protectora de los partos, dulce mirada a los lechos en el alumbramiento, única salvadora de las mujeres, amante de los niños, amable, que apresuras los alumbramientos, que ayudas a las jóvenes mortales, protirea, guardiana acogedora, complaciente nutridora, afectuosa con todos, que habitas en las mansiones de todos y disfrutas en sus banquetes, y asistes a las mujeres en parto, invisible aunque te muestres a toda empresa. Sientes compasión de los partos y te alegras con los felices alumbramientos, Ilitía, que resuelves las fatigas en los duros trances, porque a ti sola invocan las parturientas como alivio de su alma; pues, con tu intervención, las molestias de los nacimientos quedan resueltas, Artemis Ilitía, venerable Protirea, escúchame afortunada, y, puesto que a ello ayudas, concédeme descendencia y sálvame, dado que por naturaleza eres protectora de todo". (Himnos Orficos, A Protirea, Ed. Gredos, Madrid, 1987)


Artemisa Efesina, copia romana, Museo Capitolino, Roma

Artemisa de Efeso,
representada con múltiples senos nutricios
y cuadrillas de caballos


Artemisa es también la reina de la naturaleza virgen y salvaje. Su cortejo está formado por ciervos, conejos, leoncillos, perros y también caballos, como se ve en esta estatua de la Artemisa de Efeso, siendo el caballo uno de los símbolos por excelencia del vehículo, del soporte que conduce de una realidad conocida a otra desconocida pero más real. Además, esta diosa es la hermana gemela de Apolo, y como la luna, a la que se asocia íntimamente, refleja la luz de su hermano sol en medio de la noche. Alumbra, y esa ténue luz es la que el iniciado reconoce y sigue, o mejor, se reviste de ella, pues acaba de saber que su túnica de piel es caduca, y que su verdadera naturaleza es mucho más afín a la cualidad de lo luminoso. No porque sí, cuando se habla del camino iniciático se lo simboliza como un recorrido por las esferas planetarias (cada planeta emite un matiz de la luz), luego por el cielo de las estrellas fijas, hasta la conquista de la Luz increda del Principio.


Artemisa y Afrodita parecen ser dos diosas antagónicas, más en verdad sus energías son complementarias. La primera es casta, fría y virgen, la segunda simboliza la voluptuosidad, la atracción, el fuego del amor. El lienzo que pintó Botticelli con el que empezábamos este escrito describe un círculo en el que están vivas todas estas energías: Céfiro, el viento del espíritu, insufla el hálito vital sobre la ninfa Cloris, la naturaleza virgen, que la fecunda y se expresa en Flora, la primavera, cuyos frutos madurados se perciben en el vientre de Venus, mientras las tres Gracias bailan la danza de dar, aceptar y devolver, y Mercurio recoge toda esta sabiduría y la retorna al Principio invisible e increado del que emanará un nuevo ciclo. Todo presidido por Cupido, personificación del Amor, de la energía que cohesiona el Cosmos, equilibra las tensiones, atrae los aparentes opuestos, armoniza los contrarios y nunca muere, porque nunca ha nacido.


Venus Physica, Pompeya

Venus Physica o Naturista
en una casa de Pompeya


Link al artículo Algunos aspectos de Venus de Lucrecia Herrera


Otoño 2010


Las diosas oraculares y las ninfas


Fuente Ribas

Fuente de Ribas
Sierra de Collserola


La Teogonía de Hesíodo anota que,


"Ciertamente, en primer lugar, existió el Caos. Después Gea de amplio seno, asiento seguro de todos... Gea engendró en primer lugar al estrellado Urano, igual a sí misma, para que la cubriera por todas partes y fuera sede siempre segura para los dioses felices. También dio a luz a las grandes montañas, placenteras moradas de las diosas, las Ninfas que habitan en las montañas llenas de senderos. Ella engendró también al estéril piélago, agitado por sus hinchadas olas, sin ansiado amor.


Luego yació con Urano y dio a luz a Océano de profundos remolinos, a Ceo, Crio, Hiperión, Jápeto, Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Febe de dorada corona y la amable Tetis. Después de ella nació el más joven, Crono, de mente tortuosa, el más terrible de los hijos y concibió odio contra su vigoroso padre."
(Hesíodo, Teogonía, Ediciones Akal, Madrid, 1990)

En esta genealogía divina, se dice que la primera profetisa fue la Tierra, a la que sucedieron las titánides Temis y Febe, ésta última abuela de Apolo; y ya en la saga de los olímpicos, Apolo, dios por excelencia de la adivinación, es el que emite sus oráculos en el santuario de Delfos, haciendo de las pitonisas sus intermediarias.


Omphalos de Delfos

El Omphalos de Delfos


He aquí una cadena de transmisión desde el origen, visto como una piedra imán que atrae a cada uno de los eslabones que se hacen conductores de la Sabiduría Perenne, de la voz inarticulada del Dios que se va tornando inteligible a través de esos elementos de la cadena, cual piedras imantadas a la piedra nuclear que van soltando a borbotones el manantial de agua generadora y regeneradora que brota de la fuente original. Los ancestros son Gea y Urano, a los que suceden los Titanes, y luego los dioses olímpicos.


Según lo visto, la Tierra es la primera profetisa, la primera voz, que se expresa por el estruendo de sus cataclismos, por los estertores de sus fuegos y la explosión de las aguas que discurren por enormes cauces. Nada podemos decir de ese estado tan próximo al origen, casi indiferenciado, salvo que corresponde a la generación y al alumbramiento del Cosmos. Cuando todo se ordena, se asigna un lugar a cada entidad gobernadora; los Titanes entran en escena. Temis es la encargada de instaurar la Justicia y el Orden y de emitir los vaticinios. Justamente a ella se dirigirán Deucalión y Pirra, los dos únicos seres humanos supervivientes después del gran diluvio, del que da cuenta Ovidio en su Metamorfosis. Retrocedidas las aguas, la pareja se vuelve hacia Temis buscando su consejo. Estos son los primeros oráculos recogidos en los mitos de la cultura griega en los que se narra el origen de la nueva humanidad:


"Cuando alcanzaron las gradas del templo, uno y otro cayeron postrados a tierra y con miedo besaron la helada piedra, y hablaron así: 'Si vencidas con súplicas justas se ablandan las divinidades, si se doblega la cólera de los dioses, di, Temis, con qué artificio puede repararse el daño de nuestro linaje y, con tu mayor indulgencia, socorre a un mundo sumergido.' La diosa se conmovió y dio esta respuesta: 'Alejaos del templo y cubrid la cabeza; desatad los vestidos ceñidos y arrojad tras la espalda los huesos de la gran madre.'


Se quedaron atónitos durante algún tiempo y Pirra, la primera, rompió el silencio con su voz y rehúsa a obedecer las órdenes de la diosa, le pide perdón, suplica con rostro aterrorizado y tiene miedo de ultrajar las sombras de la madre arrojando los huesos. Entretanto intentan alcanzar el significado de las palabras ocultas del oráculo concedido en sombríos escondrijos y les dan vueltas consigo entre sí. Después el Prometida (Deucalión hijo de Prometeo) aplaca con suaves palabras a la Epimétide (Pirra) y le dice: 'O es engañoso mi ingenio o (los oráculos son respetuosos y no aconsejan ningún crimen) la gran madre es la tierra: pienso que las piedras son llamadas los huesos en el cuerpo de la tierra; se nos ordena que arrojemos éstas a nuestras espaldas.'


Aunque Pirra se conmueve por el vaticinio de su esposo, sin embargo, su esperanza está en duda: hasta tal punto ambos desconfían de los consejos divinos. Pero, ¿qué daño hará intentarlo? Se alejan y cubren su cabeza y desatan las túnicas y envían las piedras tal como se les había ordenado tras sus pasos. Las piedras (¿quién creería esto, si no estuviera de testigo la antigüedad?) empezaron a despojarse de su dureza y rigidez y a ablandarse con el paso del tiempo y, una vez ablandadas, a tomar forma. Después, cuando crecieron y les correspondió una naturaleza más suave, pudo verse una cierta figura de hombre, aunque no clara, sino como empezada en mármol, no suficientemente completa y muy parecida a las toscas estatuas. Sin embargo, la parte de ellas que fue húmeda a consecuencia de algún líquido y de tierra, se convirtió en cuerpo; lo que es sólido y no puede doblarse, se transforma en huesos; lo que hasta hace poco fue vena, permaneció bajo el mismo nombre; y en poco tiempo, por voluntad de los dioses, las rocas enviadas por las manos del hombre tuvieron aspecto de hombres, y la mujer tomó forma de nuevo gracias al lanzamiento de la mujer. Por ello somos un linaje duro y que soporta las fatigas y demostramos de qué origen hemos nacido".
(Ovidio, Metamorfosis, Ed. Cátedra, Madrid, 2001)


Enigmáticas palabras las del mito, que describen el proceso de solidificación al que se ve sometido todo aquello que entra en la manifestación, incluido el ser humano, cuya conciencia está cada vez más apartada del esclarecimiento original. Cuanto más alejado del principio, más tosco su recuerdo, y ahora son símbolos como los de la piedra, la gruta y la humedad de sus paredes los que evocan ese estado primigenio del Cosmos, del que Temis es la reveladora de sus misterios. Así lo explica Orfeo en uno de sus Himnos:


"Invoco a la casta Temis, hija del ilustre Urano y de Gea; joven doncella de suave tez como capullo de rosa, que fue la primera que enseñó a los mortales el oráculo sagrado, sirviendo a los dioses con el anuncio de sus oráculos en el santuario de Delfos, en el suelo pitio, donde reinaba Pitón. También enseñó al soberano Apolo el sentido de la justicia, pues tú, que te mueves en la noche, en tu espléndida belleza, con la reverencia y el honor que todos te tributan, fuiste la primera que descubriste los sagrados misterios a los mortales, lanzando los gritos rituales a tu soberano en las noches de delirios báquicos. Porque de ti provienen los honores de los bienaventurados y los sagrados misterios. Mas, ea, afortunada doncella, ven, te lo ruego, contenta y con buena voluntad a tus piadosos y místicos rituales." (Himnos Orficos, Ed. Gredos, Madrid, 1987)


Y más adelante, esos sagrados misterios se siguen transmitiendo a través del dios de la adivinación y la armonía, Apolo, el promotor del furor profético, que es un estado que se despierta en el alma por el que ve en forma de imágenes realidades siempre presentes. Es en Delfos donde se erige su santuario, y durante centurias será centro de peregrinación y culto al que acudirán miles de hombres y mujeres para "oir" la voz del dios a través de sus emisarias, las pitonisas.


Medalla con Apolo y Pitón

Medalla con Apolo, el trípode
y la serpiente Pitón


Extrañas mujeres anónimas, cuyo nombre procede de la serpiente Pitón con la que Apolo se enfrentó en Delfos, y finalmente venció, instaurando sobre ese suelo su oráculo, que sin duda está afiliado a su fuente primigenia, el de la profetisa Gea, simbolizada por esa enorme serpiente, entidad telúrica que mora en el mundo subterráneo. La Pitonisa encarna esa energía, y reúne en sí el poder de la diosa Madre, el de sus hijas Temis y Febe, y el del brillante Apolo, dios de la luz que fecunda las tinieblas y las ordena; de la luz que hace aparecer las imágenes y las formas, de la luz que al tocar los sentidos hace ver la gran ilusión caleidoscópica del mundo. La Pitonisa deja pasar a través de sí el misterio de la cosmogonía y su vaticinio es un sendero para remontarse de nuevo al origen. Un camino de ida y vuelta, convulso, peligroso, paradójico, lleno de encrucijadas, senderos cada vez más estrechos, que concurren finalmente ante una puerta estrecha, la salida a lo supracósmico, al Misterio Absoluto.


Grabado de Leto escapando de Pitón con Apolo y Artemisa en sus brazos

Latona o Leto, con los gemelos Apolo y Artemisa, huye de Pitón
Johann Blaschke, Latona, 1786


Pero para alcanzarlo, entidades de diversa naturaleza vienen a socorrernos, entre ellas las Ninfas, que nos conducirán hasta fuentes y manantiales y nos introducirán en las grutas de donde manan las aguas, lugares privilegiados para recibir y emitir oráculos. Ellas siempre acompañan la adivinación, desde los albores de este mundo, pues ya cohabitaban con Gea y Urano, y están presentes en todos los momentos del ciclo, incluso ahora perviven, y acaso en un bosque silencioso se las oiga, danzando alegremente a la vera de una fuente. Pero, ¡cuidado con sus mañas!, pues en el fondo son sólo una ilusión. Ya lo advierte la ninfa Maya, la madre de Hermes, cuyo nombre revela que la Manifestación Universal es una gran ilusión, o el sueño del Dios desconocido.


Fuente de Ribas, Collserola

Fuente de Ribas
Sierra de Collserola


En el estudio de Walter F. Otto titulado Las Musas y el origen divino del canto y del habla (Ed. Siruela, Madrid, 2005), el autor dedica un primer capítulo a las Ninfas, y es tan significativo lo que explica sobre estas entidades que transcribiremos íntegramente el texto sin agregar nada más por nuestra parte.


1


Las diosas benefactoras, a las que los griegos creían encontrar en la soledad de bosques y montes, tampoco han perdido para nosotros su encanto. Creemos tener la intuición de que tales apariciones son posibles. Así como a veces nos sentimos cautivados por la belleza de la naturaleza, así ella se manifestó a los griegos, sólo que su sentimiento de la naturaleza fue mucho más intenso cuando se estaba en condiciones de poblar las más hermosas comarcas con figuras antropomórficas. Sin embargo, nos engañamos cuando nos creemos muy cercanos al hombre antiguo. Nuestro sentimiento de la naturaleza es una mezcla de bienestar físico, estremecimiento espiritual y placer estético. Incluso en la más alta meditación de este sentimiento nunca podría llegarse al conocimiento de un encuentro con las apariciones divinas. Porque el conocimiento es una forma completamente diferente de lo que nosotros pensamos cuando hablamos del sentimiento. Nuestro sentimiento de la naturaleza se revela ya a través de su "locuacidad", en tanto que los antiguos eran tan extremadamente lacónicos que habrían tenido poco sentido para esta belleza de la naturaleza. Eso sin duda sería un error, pero no tan grande como la ingenua seguridad con la que se transmite nuestro sentimiento de la naturaleza. Su sentimiento de la naturaleza no fue insensible, sino, por el contrario, una evidencia de cómo se ha manifestado más que de cómo se nos ha dado. Era el reflejo de un silencio divino.


Para aludir a él la lengua griega tiene la palabra que nosotros traducimos por vergüenza o pudor. Hay pues una vergüenza no sobre algo de lo que se deba tener vergüenza, sino respeto por lo sagrado y lo secreto. El prudente detenerse delante de lo desconocido, lo tierno y lo respetable, que es extraño para todo indiscreto; el admirarse y el aquietarse delante del milagro de la pureza, esto es la sagrada quietud en sí misma. La deidad misma se manifiesta tanto en esa quietud como en la pacífica luz del mundo. La diosa Aidós se apodera de los hombres siempre que éstos se encuentran con una aparición llena de nobleza (v. Eurípides, Ifigenia en Áulide, 821). Pero también fuera, en el encanto de la naturaleza no profanada por la mano del hombre, experimenta la devoción de su sosegado gobierno. Allí, Hipólito entrega a la joven Ártemis una tierna corona trenzada con flores de una pradera intacta "en la cual ni el pastor tiene por digno apacentar sus rebaños, ni nunca penetró el hierro; sólo la abeja primaveral recorre este prado virgen. La diosa del Pudor (Aidós) lo cultiva con rocío de los ríos" (Eurípides, Hipólito, 73 ss.; v. Himno Órfico, 51, donde se dice que las Ninfas vierten "salutíferas aguas en las estaciones de maduración de los frutos"). Ártemis se llama a sí misma Aidós (en la bandeja de Titio, Furtwängler-Reichhold, lámina 122). Ella, la reina de los campos y montes solitarios, es el espíritu más sublime de la quietud divina. Si bien se percibe a menudo el tumulto de su caza en los montes, también en la tormenta y en los estrépitos puede estar presente como la más profunda quietud.


Ninfa Egle, Volkamer, 1708

La ninfa Egle
J. Ch. Volkamer, 1708


A su alrededor se agrupan las excitadas figuras de las Ninfas, cuyos nombres se traducen por el de muchachas o novias. Cada una de ellas podría también llamarse Aidós. En presencia de Aidós, la diosa serena conjura en grutas rocosas el eco de Andrómeda, para no perturbar su canción de lamento con sonora resonancia (Eurípides,  fr.,118). No puede verse a las diosas propicias cuando no quieren mostrarse. De igual modo tampoco Hipólito vio a Ártemis, de quien es justo que sea su acompañante, pero escucha su voz: "Yo soy el único de los mortales que poseo el privilegio de reunirme contigo e intercambiar palabras, oyendo tu voz, aunque no veo tu rostro" (Eurípides, Hipólito, 84 ss.). También a menudo se perciben las voces de las Ninfas. Como Odiseo que, despertado por los chillidos de las acompañantes de Nausícaa que jugaban a la pelota, creyó oír a las Ninfas, "que habitan las escarpadas cumbres de las montañas y las fuentes de los ríos y los prados herbosos" (Odisea 6, 123). Algunas inscripciones nos hablan de piadosos fundadores que "por mandato" de las Ninfas han decorado las grutas (IG 1, 778 ss.). Se dice que una mujer de la Fócide manifestó que "había oído" a las Ninfas y que fue atrapada por ellas (Supplementum Epigraphicum Graecum, 3, 406). También se sabe que eran hermosas, desde luego no comparables con Ártemis, su señora, a la que destacaban con el nombre de "la hermosa", "la más hermosa".


Que a los genios femeninos de la sosegada naturaleza se les haya llamado hermosos es más que un obvio homenaje. La hermosura pertenece a su esencia porque es un nacimiento del sosiego en su perfección. "Quizá pronto madure nuestro arte al sosiego de la belleza", dice Hölderlin al joven poeta y añade: "Sé sólo piadoso, como era el griego". A la mirada piadosa la calma se manifiesta con su hermosura. También el canto y la danza de las Ninfas pertenecen a esta esfera plena de bendiciones. La calma de la naturaleza ya no es un silencio hueco, sino tan sutil como es la paz de la inmovilidad. La quietud tiene su propia voz maravillosa: esto es su música. Cuando Pan sopla su flauta, se escucha el silencio primigenio."Mientras entonaban un hermoso canto", las Ninfas se pasean par el monte Ida (Ciprias, 5, 5): su caminar y su danza son música, tonos apenas perceptibles de sus miembros en movimiento. La danza ha surgido del mismo misterio que la belleza. Su emoción es una quietud completa de los órganos en la unidad de sus movimientos congénitos. Ella descansa en sí misma y es elevada precisamente en la armonía del ser, de la alegría, y al mismo tiempo compañera de la danza invisible de toda la naturaleza. En la magia de los orígenes, las cosas no tienen peso; el cuerpo viviente, libre y liviano. Así como el viento pasa sobre las hierbas y roza las hojas de los árboles, así danzan los seres invisibles y las muchachas griegas los imitan en su ronda, en la que, una a otra, con un ademán "pst" y con la invocación del nombre de las Ninfas, se incitan a la celeridad (Pólux, 9, 127).


Estatua de una ninfa

Ninfa
Putxet, Barcelona


El sentimiento de la proximidad de esta esencia divina ha encontrado su más hermosa expresión en el Fedro de Platón. La conversación se desarrolla en las riberas del arroyo Iliso, bajo un alto plátano, donde mana una fresca fuente y el aire está impregnado de fragancias y del canto de las cigarras. Se sabe, por un conjunto de estatuillas e imágenes, que es un lugar consagrado a las Ninfas (230b). Su presencia experimenta Sócrates en su entusiasmo, quien lo transmite en el transcurso de la conversación: "Pues en verdad parece divino el lugar, de suerte que, si al avanzar mi discurso quedo poseído por las Ninfas, no te extrañes" (238d). Y no puede abandonar ese lugar sin orar: "Oh Pan querido, y demás dioses de este lugar, concededme el ser bello en mi interior" (279b). En la sagrada paz de la plegaria pide de los dioses la belleza que le pueden conceder porque ellos mismos son belleza.


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Se distinguen Ninfas "celestes", "terrestres", "fluviales", "marítimas" y "oceánicas" (v. Escolios a Apolonio de Rodas, 4, 1411, según Mnasímaco de Faselis). Las terrestres eran imaginadas como procedentes de una fuente subterránea. Así, se dice, en el Himno Órfico, 51, que "habitan en los recónditos cursos de agua de la tierra". En tanto que genios de las aguas se las llama también hijas de Océano (Apolonio de Rodas, 4, 1414; Himno Órfico, 51), o de la Oceánide Doris (Simias de Rodas, fr., 13); se habla de Ninfas como hijas de Helios y de la Oceánide Neera (Odisea,12, 133), o como hijas del Simunte y del Janto (Quinto de Esmirna, 11, 245; 12, 460).


Sin embargo, desde siempre se supo que en realidad habitaban las más altas cumbres (Ilíada, 20, 8; Odisea, 6, 123). De igual modo, donde nacieron las grandes Montañas, se dice en la Teogonía de Hesíodo (v. 130), allí moraban las Ninfas. En el monte Sípilo, la Ilíada (24, 615) narra que, "donde dicen que están los cubiles de las divinas Ninfas que en las riberas del Aqueloo brotan". De ahí que en Homero, Hesíodo y autores posteriores sean llamadas Montaraces. En grutas y cuevas naturales están sus viviendas y santuarios donde los pastores depositan sus dones, y peregrinos piadosos que han encontrado a las diosas y han sido atrapados por ellas dejan a menudo ricas ofrendas. Un santuario de este tipo se encuentra en el monte ático Himeto junto a Vari. Wilhelm Vischer en Erinnerungen und Eindrücken aus Griechenland (2ª ed., 1875, pp. 59 ss.) las ha descrito gráficamente. En el rincón occidental mas profundo de la gruta mana un fresco manantial y de su techo cuelgan grandes estalactitas. En una de las paredes hay una impresionante imagen arcaica de la señora divina esculpida en medio de las húmedas estalactitas. Varias inscripciones (IG, 2, 778 ss.) nos informan de sus juramentos y donaciones. Así explica un tal Arquedamo de Tera (s. V a. C.) que, atrapado por las Ninfas y por orden de ellas, ha decorado una gruta, un jardín y un sitio de danza para las diosas. En la concavidad de una roca de Parmes hay una gruta de las Ninfas y de Pan en la que se han encontrado innumerables lamparitas ofrecidas por pastores, así como muchos de los conocidos relieves con rondas de Ninfas danzando bajo la dirección de Hermes, además de Pan que sopla la flauta (v. Wrede, Attika, p. 13).


cascada natural, casa Bertán

Gruta y cascada
Putxet, Barcelona


A la gruta se asocian siempre las fuentes, los árboles y las floridas praderas. En un poema de Íbico (fr., 2) oímos hablar de "los membrillos, regados por las aguas corrientes de los arroyos, allí en el jardín intacto de las vírgenes". En torno a la cueva de Calipso (Odisea , 5, 57 ss.) crece un frondoso bosque en el que anidan aves de todo tipo, se extiende una viña, cuatro fuentes manan en diferentes direcciones y en torno hay floridos prados. Más arriba del puerto al que llegó la nave feacia con el adormecido Odiseo (Odisea, 13, 102 ss.) se encuentra un olivo de amplio follaje y cerca de allí está la gruta de las Ninfas en la que anida un enjambre de abejas y corre perenne agua. Las abejas recuerdan también a Hipólito cuando habla de la sagrada pradera con flores de Ártemis (Eurípides, Hipólito, 75). En una narración popular se habla de la abeja como mensajera de amor de una Ninfa, a la cual había de regresar más tarde. Finalmente recuérdese que el padre de esas Ninfas a las que es entregado el hijo de Zeus se llama Meliseo (Apolodoro 1, 1, 6).


Árboles, prados, grutas, todos ellos señalan el milagro de la humedad, que es el elemento propio de las Ninfas. Donde están las Ninfas, allí susurran manantiales y arroyos, mensajeros de su esencia y de su clemencia, conmoción del corazón y melodía de la vida de la naturaleza. También reciben el nombre de Náyades, "hijas de la humedad" e innumerables fuentes llevan el nombre de una Ninfa. Son los espíritus del agua, presentes en ella. En la lengua itálica su nombre como linfa ha llegado a ser directamente indicio de agua. Y sin embargo tienen al mismo tiempo su propia vida libre de movimientos. No tenemos derecho a preguntarnos como esto es posible. En la lengua de los dioses no hay límites, sino que es nuestro pensamiento objetivo el que los establece. Allí, fuentes y bosquecillos y flores y aromas y rayos solares, todos juntos están entrelazados en un ser inexpresable y en sus luces juega el espíritu divino, su encanto une en sí a todas las cosas.


Ninfa. Palacete Albéniz, Barcelona

Ninfa
Fuente del Palacete Albéniz
Montjuïc,
Barcelona


Donde, empero, el agua que brota sirve para uso humano, se disfruta con respeto al conocerse la sacralidad de su origen. Junto a una fuente, en la cercanía de la ciudad de Ítaca, se elevaba un altar donde los caminantes que allí se refrescaban hacían sacrificios (Odisea, 17, 205 ss.). Todas las fuerzas benditas del agua que surgía de lo profundo de la tierra se atribuían a la esencia divina, cercana, purificante, fecundante de las Ninfas. El baño de bodas recogido de un manantial vincula a la novia con diosas del mismo nombre, a las que se ofrecen sacrificios por el nacimiento feliz y el crecimiento de los niños (compárese, por ejemplo, Eurípides, Electra, 626). Junto a la fuente Cisusa, cerca de Haliarto, en Beocia, donde, como se decía, las nodrizas de Dioniso, es decir, las Ninfas, lo habían bañado recién nacido (Plutarco, Lisandro ,28), la novia ofreció antes de su boda el sacrificio preliminar (Plutarco, Narraciones de amor, 1 ). Se decía de las Ninfas que educan al niño para que sea hombre "con la ayuda de Apolo y de los Ríos" (Hesíodo, Teogonía, 347). También dioses y héroes han sido educados por ellas; incluso se nombra a muchos héroes como hijos suyos.


Gruta de Dioniso

Gruta de Dioniso
Filóstrato, Imágenes


En especial, las múltiples fuerzas divinas de las aguas las recuerdan, de modo que a veces se las denomina (Hesiquio) "médicas". Próxima a la desembocadura del Anigro, (ponzoñoso) en Élide, había una gruta de Ninfas "Anígradas", donde uno se liberaba de las erupciones y de toda clase de impurezas, y al bañarse en sus ríos se recobraba la salud (Estrabón, 8, 346; Pausanias, 5, 5, 11). Cerca de Olimpia había un santuario de Ninfas Jónides junto a las cuales se buscó un lugar de curaciones por medio del agua curativa. Sobre los nombres personales de estas Ninfas y del poder sagrado de sus fuentes nos informa Pausanias (6, 22, 7).


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Estas jóvenes divinas no son las únicas habitantes de las soledades de los campos. También allí se manifiesta el espíritu con salvaje y exuberante masculinidad, ante cuyo apremio las Ninfas escapan, aunque a veces se muestran amables o son vencidas por una fuerza superior. Allí está la especie de los Sátiros inútiles, incapaces de trabajar, que según Hesíodo (fr., 123) son parientes cercanos de las Ninfas, diosas de los montes.


Sátiro. Palacete Albéniz, Barcelona

Rostro de Sátiro
Palacete Albéniz, Montjuïc


Allí están los Silenos, de los que el Himno homérico a Afrodita (262) dice que se unen en amor a las Ninfas "en lo profundo de encantadoras grutas". Allí está, ante todo, Hermes, su jefe de danzas y amante. EI Himno homérico a Pan (31 ss.) explica que Hermes se enamoró de una ninfa, la más hermosa de las hijas de Dríope, mientras apacentaba un rebaño junto a su padre, y de esa unión nació un alegre niño, Pan. Este Pan es de entre todas las formas antropomórficas la más poderosa aparición de la libre naturaleza. Cuando se manifiesta en Hermes su espiritual secreto, en los semianimalescos sátiros y silenos muestra de nuevo su salvajismo y su desnudez llenos de lujuria; así enseña a través del divino Pan, en el que lo animalesco es sobrehumano, su rostro tan espantoso como algo que produce un miedo semejante al de la muerte. Él es el polo opuesto masculino de las amorosas formas divinas de las Ninfas, que le temen cuando las desea, pero no podrían estar sin su danza etérea y sin su música maravillosa. "Va y viene por las arboradas praderas junto con las Ninfas, habituadas a las danzas. Caminan ellas por las cumbres de la roca, camino de cabras, invocando a Pan, el dios pastoral de espléndida cabellera", se dice en el Himno homérico. Y al atardecer, entonces, "acompañándolo las montaraces Ninfas de límpido canto, moviendo ágilmente sus pies sobre el venero de oscuras aguas, cantan. Y gime el eco en torno a la cima del monte. El dios, de una parte a otra de los coros, a veces deslizándose al centro, los dispone, moviendo ágilmente los pies". Se le llama, pues, "el más perfecto bailarín" de los dioses (Píndaro, Partenio, 99, 1) .


El dios Pan

El dios Pan
Giuseppe Cellini, 1902


En el monte Menalio, en Arcadia, especialmente consagrado a Pan, en la más remota antigüedad los aldeanos creyeron oír su siringa (Pausanias, 8, 36, 8). Un hermoso epigrama, que se atribuye a Platón, (Antología Palatina, 9, 823), dice: "Callen los profundos bosques de Dríadas y las fuentes que se deslizan a través de las rocas, y el confuso balar de las ovejas, porque el mismo Pan toca su melódica siringa mientras en torno a él, con ligeros pies, las Ninfas Hidríadas (de las aguas) y Hamadríadas (de los bosques), forman un coro". Pero ellas huyen espantadas delante de su impetuoso amor. En la Elena de Eurípides (179 ss.)  el coro escucha el lamento de la desdichada mujer y canta "semejante a una Ninfa o a una Náyade que, mientras huye por los montes, deja oír tristes melodías, y, junto a las grutas de piedra, denuncia con sus gritos los amores de Pan".


estatua de un sátiro

Sátiro
Putxet, Barcelona


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Aunque las Ninfas suelen aparecer invisibles incluso para los ojos de los hombres, aun así, no se puede partir de la leyenda popular, especialmente de tipo agrario, para hablar de escogidos a los que se encuentra caso a caso y que han sido honrados con su amor ("apareciendo y desapareciendo" dice de ellas el Himno Órfico, 51, 7).


Con frecuencia se canta al hermoso pastor Dafnis uniéndose en amor con una Ninfa (Nomia, la Pastora), pero como una única vez le fue infiel, no sólo perdió su amor, sino que incluso debió pagar con su vida. Cerambo (o Terambo), según explica Nicandro (en Antonino Liberal, Metamorfosis, 22), era un pastor que por medio del canto, la flauta y la música deleitaba a las Ninfas de los montes hasta tal punto que se dejaron ver y danzaban ante su música. Pero una vez, cuando usó palabras indecorosas, sintió su venganza. A través de Dríope, hija de Dríope, que apacentaba los rebaños de su padre en el monte Eta, refiere el mismo Nicandro (en Antonino Liberal, Metamorfosis, 32) que las Ninfas, que la amaban, la hicieron su compañera de juegos y le enseñaron los himnos a los dioses y la danza. Más tarde, como había dado un hijo a Apolo y éste, cuando creció, había erigido un santuario a su padre divino, las Ninfas, llenas de amor la sacaron de allí, la escondieron en un bosque e hicieron crecer un álamo negro junto al que brotó una fuente; las Ninfas hicieron a Dríope inmortal.


También, como agradecimiento, las Ninfas han ofrecido sus favores a algún mortal. Carón de Lámpsaco (Escolios de Apolonio de Rodas, 2, 477) cuenta que Reco apuntaló una vieja encina para que no se cayera, por lo que las Ninfas del árbol le permitieron que les pidiera un deseo. Les pidió su amor y lo complacieron con la condición de que evitara toda relación con mujeres. Una abeja servía entre ellos como mensajera de amor. Un día, la abeja lo encontró jugando a los dados y él la apartó impaciente, por lo que las Ninfas se irritaron y la abeja le picó en los ojos y lo dejó ciego.


Fuente de la Rabassada

Fuente de la Rabassada
rodeada por tres enormes tilos.
Sierra de Collserola


Alguna leyenda de amor de las Ninfas es ampliamente conocida a través de la Odisea. Atrapado Odiseo en la isla de Calipso conoció el amor de ésta, que quiso convertirlo en su cónyuge y hacerlo inmortal; pero el muy experimentado, aun en brazos de la hermosa diosa, añoraba su tierra natal y a su esposa; siempre habría permanecido allí si los dioses no hubieran intervenido y no le hubieran ordenado a Calipso que lo dejara marchar.


Más conmovedoras y misteriosas son las historias del amor mortal de las Ninfas hacia hermosos niños, que, a causa de este amor, fueron arrebatados de su comunidad espiritual. En inscripciones funerarias, leemos con frecuencia el lamento de los padres por ese arrebato. El rey de los elfos de Goethe nos deja percibir una vez más un escalofrío sobre lo fantasmal de este amor espiritual.


Los poemas sobre el hermoso joven Hilas nos conducen a un bosque durante una noche de luna llena, con el maravilloso brillar de un manantial y con seductoras voces que parecen llamarnos y que resuenan ante una oscura ladera. El joven se acerca a la fuente para coger agua justamente cuando las Ninfas danzan en coro y cantan para honrar a Ártemis cuyo rostro lunar brilla desde el cielo. Entonces, la Ninfa de la fuente emerge de las aguas, se enamora del joven cuya belleza se acrecienta todavía más con el brillo de la luna y cuando él se inclina con su cántaro, ella enlaza su brazo izquierdo alrededor de su cuello para besar su boca y con el derecho tira de él hacia abajo en un remolino donde se va ahogando su grito de socorro (Apolonio de Rodas, 1, 1207 ss.). Otra versión habla de tres Ninfas que en el agua danzan en coro y atraen hacia las aguas burbujeantes al joven que recoge agua y las ha encantado. Conducen al fondo al joven que llora y tras sentarlo en su regazo, tratan de consolarlo, mientras él, inútilmente pues el agua ahoga su voz, responde a la llamada de Heracles que lo busca (Teócrito, 13). En otro pasaje (Nicandro en Antonino Liberal, Metamorfosis, 26) se dice que por temor a Heracles transformaron en eco la voz del joven que repetía su nombre a Heracles cuando éste lo llamaba. Lo mismo se cuenta también de otros hermosos jóvenes (v. Ateneo, 14, 619). La búsqueda y el llamar al joven desaparecido permanecen en el culto hasta mucho tiempo después (v. Estrabón, 13, 564 y en otros pasajes) y se usan tradicionalmente en funerales; de ese modo, conducido por las Ninfas, de una manera divina se convierte en un ser sagrado para el reino de los mortales (v. también Calímaco, Epigrama, 22).


Rapto de Hilas por las Ninfas

El rapto de Hilas por las Ninfas
Panel romano del s. IV


También otro tipo de enloquecimiento como consecuencia del contacto con las Ninfas muestra lo peligroso que es para los hombres encontrarse de repente con las fuerzas de la naturaleza. El aliento de las Ninfas produce un sacudimiento espiritual que puede llevar a la demencia. "Atrapado por las Ninfas", se dice de un especial tipo de enajenación que se utilizará especialmente para los que están fuera de sí. Algunos testimonios de inscripciones de esta conmoción ya se han mencionado anteriormente. Se cuenta también que una persona a la que las Ninfas se le aparecieron en una fuente llegó a enloquecer (Paulo en Festo, p. 120).


Sin embargo, la proximidad de las Ninfas puede también producir un entusiasmo poético en el alma, tal como hemos visto a propósito de Sócrates en el Fedro de Platón. Se puede poner de manifiesto el más elevado conocimiento en la conmoción provocada por las Ninfas. En la antigüedad, la humanidad atribuía al agua el espíritu de la verdad y el poder de la profecía.



Fuente de la Sibila Triburtina. Villa d'Este

Fuente de la Sibila Triburtina
Villa D'Este, Tivoli


A Nereo, el viejo del mar, se le llama "infalible" (Hesíodo, Teogonía, 235), y Nemertes es precisamente el nombre de una de las Nereidas, la más próxima a su padre (Hesíodo, Teogonía, 262) mientras que otras, por sus voces claras y hermosas, se llaman Leágora y Evágora. Además, los videntes (Hesiquio) son "atrapados por las Ninfas". Al profeta Bacis las Ninfas le revelaron sus conocidas sentencias (Aristófanes, La Paz , 1070); él era un "poseído" o "atrapado" por las Ninfas (Pausanias, 4, 27, 4,). En general, una fuente pertenece a los oráculos de la ciudad a causa de la presencia de las Ninfas. Bajo las ruinas de Hisias, en Beocia, Pausanias (9, 2, 1) vio un antiguo e inconcluso templo dedicado a Apolo y un manantial del que se decía en la antigüedad que se bebía para obtener oráculos. Más tarde, en Delfos, del agua sagrada saldrán profecías. En tiempos remotos, Gea, colocó una Ninfa de los montes llamada Dafnis
como profetisa, y oyó el oráculo délfico (Pausanias, 10, 5, 5). En la gruta de las Ninfas Esfragitias en lo más alto del Citerón había antiguamente un oráculo en el cual muchos de sus habitantes fueron "atrapados" por las Ninfas (Plutarco, Arístides, 11). De un santuario arcadio dedicado a Pan se dice también que antiguamente el dios profetizaba y que su profetisa era la ninfa Erato, de la que entonces se conocían profecías (Pausanias, 8, 37, 11).


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Las Ninfas son diosas y como tales fueron consideradas desde siempre. Por mandato de Zeus, Temis convoca una reunión general de dioses y no faltó "ninguna de las Ninfas que moran las hermosas forestas, los manantiales de los ríos y los herbosos prados" (Ilíada, 20, 4 ss.). La ninfa Calipso puede hacer inmortal y joven a Odiseo (Odisea, 7, 256 ss.). En su esencia, ellas también son inmortales. Su divinidad la atestiguan numerosos santuarios, sacrificios que les fueron ofrecidos, regalos consagrados, oraciones dirigidas a las mismas (v. Odisea, 17, 240 ss.; Esquilo, Euménides, 22; Sófocles, Traquinias, 215; deidades son llamadas en la plegaria de Orfeo según Apolonio de Rodas, 4, 1411). Más tarde, de acuerdo con la enseñanza de la mortalidad por parte de los "demonios, durante mucho tiempo se les confirió una vida muy larga pero limitada (v. Pausanias, 10, 31, 10), por lo cual en unos versos de los que se valió Hesíodo, se pone de manifiesto, como él mismo señala, que las Ninfas viven diez veces más que el longevo fénix (Hesíodo,  fr., 304; sobre esto, Plutarco, La desaparicion de los oráculos, 11; v. Reinhardt, Hermes 1942, p. 234). De un modo primitivo y natural vale esto de las Ninfas, cuya vida fue pensada inseparable con la unión de un árbol. Se las llamó tardíamente Hamadríadas y es característico que Ausonio en su recreación de los versos hesiódicos emplea justamente esta denominación. En torno al sepulcro de Alcmeón en Psófide se elevaban altísimos cipreses, a los que los del lugar llamaban "Doncellas" (Pausanias, 7, 24, 7). En Olimpia crecía un olivo salvaje que fue considerado sagrado y con cuyo follaje se entretejían coronas para los vencedores. Junto a él se elevaban un altar para las Ninfas y un olivo que fue llamado "de hermosas coronas", (Pausanias, 5, 15, 3). Apolonio de Rodas (2, 476 ss.) habla de un hombre quien, al querer derribar un roble, no prestó atención a las súplicas de las Ninfas, por lo que él y su descendencia recibieron un pernicioso destino. Este tipo de solidaridad de las Ninfas con su árbol se pone a menudo de manifiesto (Escolios a Apolonio de Rodas,2, 477, con cita de Píndaro, fr., Bowra).


Apolo y Dafne

Apolo y Dafne
convirtiéndose en laurel


A propósito de esto leemos extensamente en el Himno homérico a Afrodita (263 ss.): "Al tiempo que ellas (las Ninfas) vinieron al mundo, nacieron los abetos y las encinas de alta copa sobre la tierra nutricia de varones, árboles hermosos, que prosperan en los elevados montes. Se alzan inacesibles y se les llama sacro recinto de los inmortales. Los mortales no los abaten con el hierro, sino que, cuando les llega la hora fatal de la muerte, se secan primero sobre la tierra estos hermosos árboles y en redor se les pudre la corteza y se les caen las ramas. A la vez el alma de éstas abandona la luz del sol". Éstas están también muy íntimamente unidas, como Ártemis o Pan, con las criaturas de la naturaleza. Y sin embargo son igualmente libres, como el viento que sopla en torno a las copas de los árboles y encrespa el espejo de las aguas, y son sensibles y afectuosas como sólo podrían serlo mujeres divinas.


Erato se llama en Hesíodo (Teogonía, 246) una Nereida. Sin embargo, conocemos también este nombre como el de una Musa. Así también el nombre de la musa Talía volvemos a encontrarlo en una Nereida (Ilíada, 18, 39; también una de las Cárites se llama Talía: Hesíodo, Teogonía 909). Encontramos una Urania como Ninfa entre las compañeras de juego de Perséfone (Himno homérico a Deméter, 423) y como hija de Océano y de Tetis. Esto nos revela el parentesco de las Ninfas con las Musas. También cantan, como aquéllas, y son maestras en ese arte (Teócrito 7, 92  y otros).


Polifilo y las ninfas

Polífilo y las ninfas en la Fuente de la Vida
El sueño de Polifilo, Venecia, 1499